El libro, eterno superviviente

Desde que surgió el primer ejemplar hasta el último publicado ha pasado mucho  tiempo. Afortunadamente sigue entre nosotros y  pienso que por algo será

 

Nadie se extraña ahora de oír que al libro de papel le quedan cuatro días, nadie se asombra cuando observa el cierre de algunas

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librerías o se percata, no sólo de los problemas sufridos  por los libreros, sino también de los apuros que atraviesan editores y autores. Las descargas ilegales han sido demoledoras para el mundo editorial, la política de recortes sin duda ha contribuido al declive –escasas subvenciones públicas, a veces simbólicas, para el mantenimiento de bibliotecas y para la supervivencia de otros muchos bienes culturales–, y sería de necios admitir que la crisis económica no ha repercutido en el consumo de los libros.

 

Pero también sabemos que la coyuntura económica no es la única culpable de este desastre, que hay algo más: La lectura, como actividad de ocio, responde a unas necesidades que el lector tiene de autorrealización personal, no materializa el éxito ni un logro eficaz e inmediato, en los últimos tiempos tan ambicionado, y plantea ciertas exigencias a quien lee, una de las cuales es “un tratamiento especial del tiempo”, esto es, con la lectura no hay lugar para las prisas; estos tres motivos y alguno más que luego añadiré son causas suficientes para que la lectura se aleje del circuito de los entretenimientos más populares y tome derroteros inciertos.

 

Por otra parte,  el libro no es la primera vez que ha sufrido en sus carnes la ira y el rechazo. Su  larga trayectoria está plagada de episodios “negros” en  los que ha sido objeto de acoso y derribo, sobre todoquema por ignorancia o por lo contrario, es decir, por quienes, sabedores del gran poder de las palabras, han querido imponer sobre los demás un pensamiento plano y conseguir el amansamiento de sus conciencias. Ejemplos de ello son sus múltiples calificativos: libros prohibidos, heréticos, malditos, proscritos… ¡Vaya si han sido poderosos!

 

Curiosamente ahora, en la era digital, los libros vuelven a estar heridos, pero ya no es el miedo a su contenido ni  sus censores quienes los persiguen: Ahora sencillamente ¿los mercados? han decidido que los apartemos de nuestro lado o les busquemos sustitutos.  ¿Por qué?  Sí, ya sé,  además de las antes citadas “desventajas”  con que cuenta la lectura para hacerse un hueco en el “ranking” de las actividades de ocio más  atractivas, podemos sumar algunas más: resultan caros, incómodos de llevar, son una sobrecarga para nuestros huesos,  no hay espacio suficiente donde guardarlos…

 

Un síntoma de estos malos tiempos que atraviesa el libro impreso es el lugar que ocupa  en los planes de estudio: convertidos en una especie en extinción, han sido prácticamente barridos de nuestras aulas por tabletas, ordenadores, Smartphones… más rápidos, más cómodos, más eficaces, más… Escenario, por cierto, nada terrible si, en lugar de los libros, sus nuevos sustitutos responden completamente a las inquietudes y necesidades de  formación e información de las nuevas generaciones; pero… ¿realmente las nuevas tecnologías han llenado en su totalidad el vacío dejado por los libros?

 

Muchos  pensarán que con creces, y seguramente no les falte razón si están plenamente convencidos de que los diferentes dispositivos que nos brinda la tecnología ofrecen lo mejor de si mismos, que no es otra cosa que unas versiones mejoradas  de sus originales, los libros; otros muchos, entre los que me incluyo, creemos que, si bien es cierto que las fuentes de conocimiento – atesoradas antaño en bibliotecas con tanto celo – no peligranlibrería hoy gracias a las tecnologías de la información y comunicación, sin embargo éstas han debilitado el afán lector y en consecuencia, el placer de leer sin más, es decir, de detener el tiempo (y uno mismo en él), abstraerte momentáneamente de tu entorno y dejar que las palabras impresas te sugieran pensamientos nuevos, te sorprendan o simplemente te conmuevan.

 

No obstante, ¡tranquilos, que no cunda el pánico! Quedan aún muchos románticos que reman contra corriente, todavía hay defensores de “causas pobres”, tales como el derecho propio y legítimo a poder “tocar” las páginas o a “oler” el papel de cada ejemplar, que no les importa convertirse en incomprendidos ciudadanos ante su comunidad. Mientras cada año disfrutemos de un obsequio por San Jordi, mientras continúen publicándose en los periódicos secciones literarias y listas de los más leídos, mientras se fomenten campañas oficiales de animación a la lectura, porque se entienda que a través de ella se puede adquirir vocabulario, capacidad comprensiva y expresiva ¡casi nada!  Y… mientras las concesiones de premios literarios, como el Cervantes, sean las excusas perfectas para congregar, en brillantes celebraciones, a personalidades del mundo cultural que nos representan ante el mundo, hay esperanza para el libro.

 

Resumiendo, es incuestionable que el libro en papel pasa por tiempos difíciles y se ve relegado a un segundo plano por las TIC, pero no es menos cierto que  el libro impreso nunca morirá. Y es que en la actualidad, se hace  imprescindible reivindicar el cultivo de las emociones y por tanto, no abandonar la lectura, fuente inagotable de las mismas. Poder entender cómo son y piensan los demás (por ejemplo, leyendo en un libro las historias de personajes ficticios) alimenta nuestra sensibilidad, nos ayuda a identificarnos con los demás, a reconocernos  a nosotros mismos en los otros, y en definitiva, nos hace más humanos. ¿Qué  mayor motivo puede haber para justificar la supervivencia  de la lectura del libro entre nosotros, que su poder de humanizar el mundo?

 

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