Feliz, feliz en tu día…

Con septiembre llegó, como cada año, uno de mis días favoritos: mi cumpleaños

 

Para muchas personas la fecha en la que les toca cumplir años se convierte en algo angustioso porque nos recuerda el paso del tiempo.Laura “¿Otra vez mi cumpleaños? ¡Pero si parece que fue ayer cuando lo estaba celebrando!” Es la misma sensación que cuando volvemos de vacaciones y han pasado tan rápido que parece que no nos hemos ido. Este año, mientras disfrutábamos de un buen día al aire libre alguien comentó: “Dentro de poco estamos comiendo el turrón”. Exagerado o no, si echamos la vista atrás a nuestro pasado reciente puede ser común sentir cierta sensación de vértigo.

 

Para algunas personas, su cumpleaños pasa como un día cualquiera. No sienten la necesidad ni tienen el ánimo de festejar nada. Puede que incluso lo olviden o se acuerden ya pasada la fecha. Yo no me encuentro en ninguno de estos grupos, ni me angustia cumplir años ni me gusta dejar pasar la fecha sin pena ni gloria. Me encanta cumplir años, que me feliciten y poder invitar a mi familia y amigos a algo para recordar que no es un día cualquiera, que es un día especial.

 

Es un día lleno de rituales que a menudo seguimos al pie de la letra, sin saber por qué, por tradición, por costumbre, porque si no, parece que nos falta algo. Nos cantan canciones, nos tiran de las orejas, nos hacen regalos… y  para mí hay algo que no puede faltar:una buena tarta, si es de hojaldre mejor, con todas las velas correspondientes, una por año.

 

Este verano leí en el ABC un artículo en el que se explicaba cuál era el origen de la tradición de soplar las velas. Melaura1 pareció curioso porque a menudo hacemos cosas por repetición pero nunca nos hemos parado a preguntarnos por qué lo hacemos. Explicaban en el artículo que para conocer el origen debíamos remontarnos a la Alemania del siglo XVIII. Sobre el dulce elegido para el niño se colocaban dos velas: una representaba la luz de la vida y la segunda los años que estaban por llegar. Era importante que las velas estuvieran todo el día encendidas y que se reemplazaran por otras cuando se hubieran consumido. Al final del día se apagaban de un soplido y se creía entonces que el humo que se desprendía llegaba hasta Dios trasladándole el deseo pedido. Según esto, estamos colocando mal las velas porque ponemos de más, una por año, aunque también se ha encontrado un escrito en Alemania  también del siglo XVIII, que describía una celebración en la que se colocaban tantas velas como años cumplidos. Esto se parece más a lo que hacemos nosotros.

 

Aún hay una referencia más antigua para ver de dónde viene esta curiosa tradición: En la antigua Grecia se ofrecían dulces redondos con velas prendidas a Artemisa, diosa de la luna. El hecho de que la ofrenda fuera circular se debe a que representaba el ciclo de la luna completo. Cuando el fuego de las velas se apagaba, el humo hacía llegar a la diosa los deseos de los allí presentes.

 

Lo que sí está claro es que durante mucho tiempo el hecho de soplar velas en los cumpleaños se ha considerado pagana porque laura2para los cristianos la costumbre ha sido tradicionalmente celebrar la muerte y no los nacimientos. Sin embargo, en algún momento la Iglesia decidió establecer la Navidad como fiesta y ese día se celebra el nacimiento de Jesucristo. Por lo tanto, a partir de ese momento, la mala fama de las velas empezó a desaparecer poco a poco.

 

Ahora recuerdo que también he leído algo sobre la cantidad de gérmenes que llegan a los alimentos después del tradicional soplido. Incluso vi en un programa de televisión, El Hormiguero, una prueba fehaciente de esto con una cámara super lenta. Intentaré no recordarlo cuando me toque soplar las velas. Después de todo, no se puede desaprovechar la ocasión de pedir un deseo, no vaya a ser que se cumpla.

 

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