Alejandro y sus malacatones

Por Isaac Aghahowa Jiménez, alumno de IC 1º

Todos necesitamos una segunda oportunidad

Érase una vez una historia de un pobre niño llamado Alejandro, que no tenía ni padres ni dinero para comer, así que solía robaris comida en el mercado porque no podía conseguirla de otra forma. Cuando Alejandro se estaba comiendo su último melocotón, pensó en dar una vuelta por la ciudad.

Entonces, mientras caminaba, se encontró con una niña pequeña llena de heridas. Al ver que estaba inconsciente y abandonada, se la llevó a donde él vivía, una cabaña cerca de la playa. Cuando la niña despertó esa tarde, se sorprendió del lugar donde estaban. Entonces Alejandro se le acercó y le preguntó si se sentía bien ya que estaba llena de heridas. La niña con voz baja y débil le contestó que estaba bien.

Alejandro le preguntó cómo se llamaba y dónde vivía, pero ella no decía nada. El chico volvió a insistir y le preguntó si no recordaba nada. En ese momento, Alejandro se preocupó por la chica pero era de noche así que decidió darle un poco de pescado que había cocinado en la hoguera e irse a dormir. Cuando Alejandro despertó, vio que sólo tenía un melocotón y un trozo de pan. Se lo puso al lado de la niña y se fue a robar al mercado. Cuando estaba dispuesto a coger algo de comida, vio que tenía detrás a la policía. Rápidamente escapó de ellos pero llevándose también unos chorizos que estaban colgados en el puesto de la carnicería.

Al llegar a la cabaña, vio a la niña comiéndose el melocotón y el trozo de pan que le había puesto para ella. Alejandro se sintió feliz ya que no parecía tan nerviosa como el día anterior, cuando la vio llena de heridas y mirando a todos lados sin saber donde estaba. Pero en ese momento, la policía se presentó en su casa buscándole.

Los dos policías se abalanzaron sobre él para darle un escarmiento mientras la niña veía cómo hacían daño a su nuevo amigo. Ella les decía que parasen, pero no le hacían caso. Alejandro estaba medio inconsciente en el suelo mientras uno de los policías seguía dándole patadas en el estómago. Con lágrimas en los ojos, la niña cogió un cuchillo que Alejandro tenía allí guardado y se dispuso a matarlos.

Cuando Alejandro se despertó, vio que estaba posado en las piernas de la niña y su rostro estaba lleno de sangre. Ella lloraba y sujetaba su cuchillo. Miró a su alrededor y vio los dos cuerpos de la policía ensangrentados apilados en el suelo. Alejandro se levantó con un ligero dolor de cabeza, le secó las lágrimas con sus manos a la niña y le dijo que se tumbara a descansar, que él iba a arreglar aquello.

La niña se metió dentro de la casa. Alejandro arrojó los cuerpos al mar lo suficientemente lejos como para que no los relacionaran con ellos, mientras veía la luna que estaba preciosa esa noche. Al llegar a casa, vio a la niña en una esquina llorando y lamentándose de lo que había hecho. Alejandro la abrazó por detrás y la consoló hasta que se quedó dormida. El chico la echó en la cama y la tapó con una vieja manta. Él también se durmió.

Al día siguiente pensó que tendría que ponerle un nombre a la niña. Cuando ella se despertó, la preguntó que cómo le gustaría ser llamada. Ella le dijo que Lucía. A Alejandro le gustó el nombre y a partir de ese día así la llamó.

Mientras estaban caminando, como de costumbre, por el mercado, vieron una maleta abandonada así que la cogieron para saber si contenía algo. Una vez en casa, tras haber robado su ración de comida diaria, se dispusieron a abrir el maletín. No creían lo que estaban viendo ¡Estaba lleno de dinero, mucho dinero! Ambos se propusieron empezar una vida nueva.

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