El regalo

Por Jorge Mateo Rodríguez, alumno de SMR 1ºA (3º Premio)

Cualquier regalo te puede hacer sonreír, pero algunos te hacen vivir

La habitación estaba a oscuras, pero siempre había estado así. El negro era el rey de su vida, 18 años de vida donde la oscuridad era su compañera día y noche. No echaba de menos la luz, porque no la había visto nunca. Sus amigos, familia… todos se habían dedicado a hacerle entender y sentir cómo era todo aquello que existía fuera de su reino de oscuridad.

Alex, que así se llama, no cesaba de preguntar e imaginar lo que el reino de la luz encerraba. ¿Y cómo es el azul?, ¿qué tiene el rojo?, ¿de qué color es tu pelo?

Él había percibido que el azul era como lo que él sentía cuando nadaba en la piscina, fresco, relajante. El verde era el olor a menta y hierbabuena y también lo que sentía al tocar las hojas de los arboles cuando están vivas y se transforman en marrón cuando las hojas están secas y muertas en el suelo. El calor del fuego o de una vela le hacían sentir el rojo… al igual que cuando comía una comida picante o se quemaba al probar la sopa. El rojo le gustaba, era su color preferido, se sentía fuerte y vivo cuando percibía que el color rojo estaba en el ambiente.   Su mundo era negro… pero su imaginación tenía todos los colores del arco iris.

Lo que más le había costado interiorizar era la luz… el blanco. Sabía que era todo lo contrario a lo que él veía, o no veía, sabía que la luz era “ver” Sabía que era lo que siempre había deseado y quizás por eso era lo que más le costaba imaginar.

Cuando era pequeño, durante algún tiempo se dedicó a encender y apagar los interruptores de la luz en todas las habitaciones, hasta que se dio cuenta de que para él era lo mismo “encender” que “apagar”. Alex entendía que la luz era lo que hacía que todo lo demás fuese visible. Él sabía que tenía que conquistar “la luz” para que todo lo que su imaginación experimentaba fuese real, para que esos sueños que sí que veía, estuviesen con él no solo cuando dormía.

Ahora, le habían dicho que estaba en una habitación así, llena de luz, blanca, pura… le habían dicho que alguien que había tenido luz durante toda su vida, que había percibido los colores, que había visto sonrisas, que conocía el mundo, le había hecho un regalo, le quería regalar  “su luz”.

Faltaban pocos minutos para que el regalo llegara. Alex ya no sentía nada, dormía profundamente, él sabia que la persona que le había mandado el regalo ya no volvería a sentir “la luz”, se la había regalado sin retorno, y también sabía que ahora tendría que vivir todos los colores, todas las sonrisas, todos los descubrimientos por él. Sabía que este regalo iba a ser el mejor de su vida y no tendría suficientes momentos para agradecérselo a su amigo desconocido.

Y llegó el momento. Alex estaba despierto, pero todo seguía siendo negro; escuchaba las voces de su alrededor que le decían: ¿Estás preparado? ¡Es el momento! ¿Qué es lo primero qué quieres ver? Alex sólo dijo: “¡ la luz !”

Poco a poco fue despegando sus parpados y la vio, era ella, “la luz”, la reconoció fácilmente, ¡era la vida! Miró a su alrededor, todo tenia forma y color. Vio la cara de su madre ¡qué guapa era! Miró a toda su familia, sus amigos… entendió lo que era una sonrisa mas allá de palparla dentro de la oscuridad. En breves segundos comprendió cómo se veía la felicidad. No podía abrir más los ojos, quería que entrara en ellos todo lo que estaba viendo, todo lo que sentía.

Pero se quedó pensativo y cerró los ojos. ¿Qué pasa, Alex? – pregunto su madre. Él solo podía acordarse de una cosa, de una persona, su amigo desconocido. Sabía que cuando volviera a abrir los ojos otra vez, ahí estaría su regalo, una nueva vida llena de luz gracias a él.

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