La Mina de Cachava

Por Joan Manuel González Moreno, alumno de ASIR 2º  (5º Premio)

La historia que os voy a contar, narra el final de la vida de un iracundo personaje, que sin darse cuenta pudo trascender a una dimensión idéntica a la nuestra, utilizando únicamente el poder negativo almacenado en su cuerpo

Los Quintana, la familia más poderosa de Villacarlos, o al menos lo era. La historia se centra en Chus, el hijo más pequeño de esta familia. jmSiempre quiso ser economista, y más tarde político, pero sus parientes se lo negaron, ellos quisieron que trabajara en el negocio familiar, la minería. Los Quintana poseen la mina de Cachava, la principal fuente de oro del país.

Esta mina es la que daba de comer al pueblo, ahora ya no queda nadie trabajando en ella. Muchas familias mineras han desaparecido trabajando en la mina, de ahí que los mineros del pueblo abandonaran para siempre sus puestos. Ahora Chus es el único trabajador en la aterradora mina, se ve a sí mismo como un perdedor, un hombre sin futuro y sin estudios, la ira ocupa su mente culpando a sus padres de su malestar. “Los odio”, se repite constantemente como un mantra a todas horas. “Ojalá fuera el dueño de mi vida, quiero estar solo para poder hacer lo que me dé la gana”, “¡Odio a todo el mundo, ojalá desaparecieran de una vez!”. Fue lo último que le escuchó decir el guardia al entrar en la mina. A veces en el pueblo la gente inventa cosas, cosas como que “la mina vive”, “la mina escucha”, “algo realmente poderoso, no de este mundo, tal vez de otro, habita los intestinos de Cachava”. Cuando Chus terminó su jornada laboral, ya era de noche, y el momento de volver a casa. Para su sorpresa encontró la salida de Cachava tapiada, los tablones eran viejos y estaban podridos. No parecía ninguna broma, esos tablones llevaban tiempo ahí. Los clavos estaban oxidados y la madera roñosa, como si la mina llevara décadas inhabilitada. ¿Cómo era posible? nuestro amigo accedió por esa entrada esa misma mañana, y si fuera necesario cerrar la mina, él sería el primero que lo sabría. Chus era un chico físicamente fuerte, por lo que no dudó en golpear los tablones con todo su cuerpo. Los maderos cedieron y Chus atravesó sin problemas el bloqueo. Una voz brotó en ese momento de entre los árboles situados al frente de Cachava. “Al fin…”, esa voz parecía alegrarse de que el bloqueo fuera tumbado. De repente el viento helado atravesó a Chus y silbó en la boca de la Cachava. Esto asustó a nuestro amigo, sus piernas corrían sin control en dirección a Villacarlos, situada colina abajo. A Chus le extrañó no ver al guardia contratado por su familia para proteger la mina, más razón para correr.

Al llegar al pueblo, el silencio era dueño de sus calles. No había personas que pasearan, o fueran al bar para tomar unas cañas, como era habitual a esas horas. Tampoco había coches aparcados. Todo en Villacarlos seguía igual, lo único que parecía haber cambiado era la atmósfera, cada vez más densa, asfixiante y gris. Una voz, que perfectamente podía haberla articulado un cadáver, una voz muerta, sin alma, heló el cuello de Chus: “Tengo que agradecerte lo que has hecho”. Un hombre que nuestro amigo reconoció al instante por el nombre de Rafael, estaba mirando a Chus cabizbajo con dificultad para mantenerse en pie. Rafael era uno de los mineros desaparecidos en Cachava. “Tengo que agradecerte haber tumbado aquellos tablones, y por consecuencia haber abierto el portal al siguiente estadio, esta piel ya no me sirve”. Aquella voz sonaba como Rafael, pero era obvio que esas moribundas palabras estaban moduladas por alguien o algo muy distinto a su compañero. “Tu ira abrió el portal hasta mí. Tanta oscuridad almacenada en un frasco tan pequeño fue capaz de destruir un sello tan poderoso. Ven, te necesito, quiero cruzar al otro lado, guíame hasta tu hogar, acabemos la tarea que me encomendaron”.

(Narración: http://www.ivoox.com/16176052)

 

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