Sueños oscuros

Por Alejandro De La Sen Canales, alumno de SMR 1ºB

Corría una noche de 2005, me acuerdo que había una luna llena que iluminaba todo el césped de mi casa, eran las 24:00 de la noche, decidí salir al balcón y de repente…

Divisé a lo lejos unas sombras que iban recorriendo las casas del barrio. Rápidamente me di cuenta de que aquellos encapuchados eran los dos otra fotohombres que buscaban por robar en domicilios cercanos al mío. En se momento, entre la luz tenue de la luna, les vi acercándose hacia mi casa; no avisé a nadie para no hacer ruido, cogí la escopeta del armero y esperé escondido.

Nunca había pasado tanto miedo; era la primera vez que iba a disparar contra una persona. Comprobé que el arma estuviera cargada –entre los temblores propios del miedo– y apunté esperando a que esos hombres intentaran entrar. En ese momento escuché a mi perro ladrar y supe que el momento iba llegando. De repente, unos fuertes golpes se oyeron en el garaje, unos golpes insignificantes para despertar a alguien, pero no para mí que estaba con los 5 sentidos puestos por si oía algo extraño.

En la escalera había una alarma silenciosa que llama directamente a la policía, y cuando la abrieron, saltó inmediatamente. En ese momento un hormigueo me subió por el brazo haciendo que la mira se moviera. Avancé para tener una mejor visión y mejor trayectoria.

Hasta que llegaron arriba tardaron unos segundos, que para mí se convirtieron en horas, y cuando oí la manecilla de la puerta se me paró el corazón. Fue el momento más largo de mi vida.

Cuando llegó el momento estaba acurrucado en la oscuridad viendo mi vida pasar a modo de película. Sudaba tanto que el dedo que estaba en el gatillo se me resbalaba, hacía un calor espantoso esa noche y mi padre no había limpiado la escopeta después de ir de caza, con lo que había una ligera posibilidad de no dar de lleno en el blanco.

Llegó el momento y en cuanto sentí la presión de la mano en la manecilla, apreté el gatillo sin pensar, sin pensar más allá de las consecuencias y de lo que me podía encontrar al otro lado de la puerta. Uno había caído a mi pesar, pero se lo merecía: entró en la casa incorrecta, en el momento equivocado y sufrió las consecuencias de un niño de 14 años, asustado pero por otro lado sin temor a apretar el gatillo.

Con 14 años ya había matado a alguien, me sentía muy extraño. Sin embargo, no me arrepentía de lo sucedido, aquellos hombres intentaron entrar en mi casa y yo la defendí como me salió verdaderamente, haciendo que a mi familia no le pasara nada y haciendo justicia por mi mano. Por otra parte, supe que estuvo mal mi acción ya que actué por el miedo y no por la sensatez, y no avisé a mis padres, que me hubieran ayudado a resolverlo sin muertes.

Cuando la policía llegó, me encontró sentado, llorando y lleno de sangre por las salpicaduras de un tiro a quemarropa. En ese momento, di un salto de la cama y respiré fuertemente, tranquilizándome al ver que esta historia tan solo había sido un sueño.

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