Una clase de dos

Por Javier Valverde, alumno de ADIR 1º

Antes de empezar en Decroly, estuve un año haciendo la carrera de Ciencias de la Actividad Física y del Deporte; fue una bonita experiencia ya que era algo nuevo en mi vida, que no tenía nada que ver con el instituto, pero aun así no me convenció y decidí dejarlo y cambiarme a un Ciclo Formativo de Grado Superior

Al llegar a Decroly, no sabía lo que me iba a encontrar, si una clase con 20 alumnos, con 10, o con los que fuesen, pero lo que nunca me habría imaginado es que sería una clase de tan solo 2 alumnos: mi compañero y yo.

Al principio, como cuando entras en cualquier sitio nuevo, la confianza no era la suficiente, por lo que no manteníamos mucha conversación y permanecíamos distantes el uno del otro; entonces las clases se hacían un poco aburridas, la verdad. Con el paso del tiempo, nos fuimos conociendo y entablando más relación, lo cual nos fue útil a los dos, ya que si a uno no le salía algún ejercicio siempre podíamos echar un ojo al otro, lo que nos podía sacar de algún apuro en momentos puntuales.

A los dos nos fue bien a lo largo del primer trimestre, realizábamos bien las actividades que nos proponían, exponíamos de forma adecuada los trabajos que nos pedían y acabamos el trimestre con unas buenas notas en el boletín.

Pero no todo era positivo el estar en una clase tan solo dos alumnos, porque claro, ¿qué pasaba si faltaba uno? ¡las clases se convertían en clases particulares!, entonces las siete horas mañaneras de estudio se podían hacer insufribles. En mi caso no tuve que pasar muchas veces por ello, pero mi compañero alguna que otra más, por el motivo de que yo compaginaba los estudios con el deporte y cada dos fines de semana tenía que viajar con mi equipo y no podía asistir a clase los viernes. ¡Pobre Pablo, lo que tenía que pasar!

Pero al final, estas clases casi particulares “por llamarlas de algún modo especial” se convirtieron en unas clases muy familiares y de total confianza en las que podíamos resolver nuestras dudas sin ningún miedo y de vez en cuando hacer una dinámica de “grupo”, si se podían llamar así, un tanto divertidas.

No sólo era confortable la relación con mi compañero, también lo era con los profesores, ya que te prestaban especial atención, se preocupaban por tus inquietudes y te hacían sacar lo mejor de ti mismo, lo cual se agradece.

Hasta el día de hoy solo puedo sacar conclusiones positivas: la buena relación entre nosotros, la mejor formación que estamos recibiendo y la atención necesaria por parte de los profesores, lo cual nos hace estar lo mejor posible preparados para cuando salgamos al mundo laboral y nos tengamos que “sacar nuestras propias castañas del fuego”, como decía mi padre.

Lo que sí me ha quedado claro es que “mejor calidad antes que cantidad”.

 

 

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