El castillo de naipes

Por Gonzalo Saéz de Adana, alumno de GIAT 2º 

Le gustaba hacer daño a chicas bonitas para sentirse rey, el señor feudal de un castillo de naipes tan frágil como imaginario. Inmiscuido en su ego más altanero y profundo, contemplaba el mundo con soberbia, sintiendo que éste le debía algo. Él, que había nacido príncipe con más de diez corazones… él, ahora prisionero de medio corazón, latente, vivo pero ajado

Muchas rozaron las cartas tambaleantes de su alcázar, indagando curiosas, seducidas. Algunas indecisas, débiles. Otras, más apasionadas, lamían los muros, empujando con un ahínco tozudo e impaciente. Todas se rendían. Desde lo alto de la fortaleza las observaba huir exhaustas, aburridas e iracundas. Entonces, se emparedaba de nuevo en su cáscara de autoengaño y se cerraba al mundo cada vez un poco más. Él, su único público y vecino, era la evidencia más absoluta de su soledad. El castillo de naipes reinaba en lo alto de una colina costera, que daba –como es obvio–, al mar que bañaba la poca arena que se acumulaba junto a las rocas. 

Varios kilómetros mar adentro, exactamente en el punto en el que comienzan a formarse las olas y el agua empieza a oscurecer su color, existía una gran roca que, inamovible como era, nunca había sido completamente sumergida por el agua. En su ciGonzalo Saéz de Adana GIAT2 2-2-2018 El castillo de Naipesma había una casa humilde pero orgullosa. Sus cimientos llevaban generaciones resistiendo temporales, lo cual le había dado un color verdoso apagado y un tacto húmedo y resbaladizo. Fuera y dentro de ella, olía a sal.

En el interior de la casa vivía una familia de tres miembros: papá, mamá e hija pequeña. Mamá era pelirroja y rechoncha, y su labor era luchar para mantener la morada en condiciones habitables; si bien su lozanía contrastaba con el paisaje mustio y desolado que la rodeaba, el cansancio que emanaba de sus ojos recuperaba la armonía del panorama. Papá era moreno, muy delgado y pasaba las mañanas pescando; Sus pisadas constantes habían formado escalones en los recovecos más bajos de la roca, inspirando en él un casi adictivo sentimiento de familiaridad.

Mamá y papá sonreían mucho, pero tenían mucho miedo. Miedo de todo aquello que no habían visto con sus propios ojos. La totalidad del mundo fuera de aquella roca entraba en esta categoría. Por esta razón y no otra, mantenían a su hija encerrada en el cuarto más alto de la casa, acompañada tan sólo de la ventana, desde la que se veía el mar, una colina y, a lo lejos, un castillo de naipes. La muchacha alimentaba unas ansias increíbles por salir de aquella prisión sobreprotectora y a diario, dedicaba varias horas a mirar por su ventana. Conocía el paisaje de memoria.

Un buen día, el cuarto fue demasiado pequeño y la pequeña demasiado grande. De un salto y con una sonrisa temeraria, la “gran” pequeña se tiró por la ventana y aterrizó por primera vez en su vida en la superficie mojada de la roca a la que llamaba hogar. El oleaje cubrió el ruido de su aterrizaje, y sus padres, sentados en el salón de la casa, no oyeron nada.

Sin esconderse y con paso decidido, se dirigió al borde de la roca y se zambulló en el mar. El contacto de su piel con el agua fría la fascinó por su novedad. Mientras se hundía poco a poco, se preguntó si aquella era la primera vez que experimentaba realmente el frío. Al cabo de unos segundos, sus pies llegaron a la arena del fondo de la bahía. No había mucha corriente, y esto la permitió mantener el equilibrio mientras observaba las diferentes formas y criaturas que se presentaban ante ella. Había peces, ermitaños, corales, conchas, burbujas, algas, esponjas, arena mojada… y más sal.

Cada paso que daba dejaba una huella tímida en el fango marino, un rastro perecedero. La “gran” pequeña avanzaba con ganas, mecida por el flujo del océano; paciente, pero emocionada por un viaje que acababa de comenzar y cuyo futuro se profetizaba incierto. Dos días después, llegó a la playa más cercana, junto a la colina costera.

Desde hacía meses –meses que parecían siglos–, el foco más absoluto de la atención del príncipe se encontraba en aquel medio corazón que, débil y vulnerable, le mantenía con vida. Compartía con sus naipes un único mecanismo de defensa: pretender potencia, escondiendo sus chillidos de flaqueza. La memoria del resto de corazones, ahora rotos, le había poseído por completo y era dueño de su consciencia. La existencia del delfín estaba envenenada y había perdido toda razón de ser.  

Al cabo de unos minutos, en medio de su ensimismamiento, el monarca oyó un ruido. Un ruido familiar. Con vaivenes femeninos y prematuros, una figura trepaba por las murallas del castillo. La figura alzó la cabeza y lo miró directamente a los ojos, con una mirada única, pero como habían hecho tantas otras, interesada, curiosa y novata. Asustado, el príncipe se llevó las manos a las llagas de la parte izquierda de su pecho. Con las yemas de los dedos podía tocar el hueco vacío de sus órganos perdidos. Conocía el riesgo de dejar entrar a aquella muchacha. El rey no estaba preparado para la muerte. No ahora. No nunca. Preocupado y receloso, bombeó una sangre enfadada y cruel que engrasó las paredes de los naipes. El líquido rojo descendió rápido y alcanzó las manos de la figura que escalaba. En vano fue su lucha: La “gran” pequeña cayó al vacío mientras nadie miraba, confusa y sin hacer demasiado ruido. Su sino, tan absurdo como su existencia. 

Ésta es la historia del príncipe de un castillo de naipes, soberano déspota de su propio círculo vicioso. Su relato, cliché inacabado, preso de su propia repetición, revolotea aún sobre su corona incierta, manchando con sombras su mirada perdida, deformando con su peso su espalda dolorida, maldiciendo una y otra vez todos sus corazones, los que ya se han apagado y la mitad que sobrevive a su pesar. 

 

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