La espera

Por Leticia Montes Bustillo, alumna de GVEC 1º

Cuando el amor es de verdad, todo lo puede

Como cada mañana, volvía a la playa, miraba fijamente el mar y se perdía en sus recuerdos. Recuerdos que dolían, recuerdos que hacían temer que aquel hombre, con el que tantos momentos había vivido, nunca volvería. Apenas diecisiete años tenían cuando se enamoraron, cuando, a escondidas de sus padres, habían luchado para sacar Leticia Montes Bustillo GVEC1 31-01-18 (La espera)aquella relación adelante. No eran buenos tiempos, y no estaba bien visto que una joven campesina hundida en la miseria compartiese su vida con un apuesto marinero con aspiraciones a capitán. A pesar de todo, su amor había podido con todo, y poco después contrajeron matrimonio prometiéndose estar juntos en las buenas y en las malas.

Diez años después de esa promesa, él tuvo que partir mar adentro, con el fin de cumplir con su país. Esta vez no era un viaje cualquiera, sino mucho más, y ambos lo sabían. La joven campesina, que aún conservaba su larga y hermosa melena negra recogida en un pañuelo del que apenas nunca se desprendía, recordaba con precisión aquellas palabras: “Tres meses…quizá cuatro, y prometo volver a tu lado. Prometo también que recibirás una carta cada mes y noticias mías cuantas puedas”.

Sin embargo, ya había pasado un año desde su marcha y las cartas habían dejado de llegar hacía ya cinco meses. El apuesto capitán, de más de metro ochenta y delicada barba, explicaba en su último manuscrito que un mal temporal le había acechado, pero que su barco sobreviviría. La mujer no pensaba lo mismo; recordaba exactamente la construcción de aquel barco y recordaba también que la madera de pino que lo mantenía estaba hecha para un año seguido en la mar, pero no para fuertes temporales. Temía por la vida de su marido a medida que pasaban los meses, aunque nunca perdía la esperanza de volver a verlo. Por ello madrugaba cada día para sentarse en la fría y suave arena de aquella playa donde le vio partir. Pasaba las horas e incluso los días allí sentada, con la única compañía del perro que les habían regalado por su enlace. Le costaba caminar y apenas veía ni oía, pero el animal entendía todo, por lo que cada día se juntaba a su dueña con amor, esperando también al amado y perdido hombre.

El frío invierno acechaba, y la mujer enfermó por causa de los fuertes vientos de la mar. Nunca había conocido nada más fuera de aquella relación que mantenía con su marido, pues, al igual que las mujeres de su época, se encontraba siempre en casa realizando las tareas del hogar. Pensaba que no importaba la soledad porque su hombre siempre volvería para arroparla, pero cuando vio que apenas podía levantarse de la cama durante una semana, se vio obligada a avisar al médico.

El médico llegó pronto. No le fue difícil encontrar la casa a la que debía dirigirse, pues ésta estaba levantada a pocos metros de la playa. Era pequeña, el espacio justo para dos personas, aunque en su interior se encontraban muebles de no tan mala calidad. A pesar de que ella provenía de una humilde familia, la de él era todo lo contrario, por lo que poco a poco la vida de la campesina fue mejorando. Eran personas opuestas: mientras a una le faltaba el pan cada día, al otro le sobraba; el amor pudo con todo y, finalmente el pan se repartió sin problema alguno en la casa que compartían.

Cuando el doctor llegó al hogar, examinó a la mujer, sacó variados utensilios que ella nunca había visto y pronto supo lo que le ocurría.

– Tiene usted la gripe española. Debido a su anémico estado y a la tardanza en llamarme, su situación es muy delicada–.

El médico insistió una y otra vez en avisar a algún familiar o conocido para que se hiciese cargo de ella, pero lo único que quería la mujer era estar sola. Pasaron los días y la mujer seguía empeorando y negándose a dejar de lado la rutina que llevaba desde hacía un año. Así sacó fuerzas de donde no las había y, ayudándose de un bastón y seguida de su fiel compañero, volvió a la playa donde llevaba ya tanto tiempo aguardando a su marido. Notaba que el cuerpo le pesaba y que apenas podía caminar debido a la avanzada enfermedad que le acechaba, pero se negaba a morir antes de volver a ver a su hombre. Quería verle una última vez para comprobar que seguía vivo y que no se había olvidado de ella; ésa fue la última vez que podría visitar aquella adorada playa.

Días después apenas podía levantarse, sus ojos iban venciéndola y se fue dejando llevar poco a poco, al ausentarse en ella las ganas de ir comiendo y viviendo. Seguía con ganas de volver a ver a su marido, pero veía que no aguantaría, por lo que, empleando las pocas fuerzas que tenía, cogió un papel y una pluma y comenzó a escribir:

“Querido esposo:

A pesar de la lejanía, quiero que sepas que no he dejado de pensarte, que cada mañana al despertar y ver que no estabas al lado, ha sido una tortura; que los días sin ti no han sido días y que la playa ha sido la única que me hacía mantenerme en pie. Nunca me hizo perder la esperanza de que volvieses con vida, y aún no la he perdido.

En cambio, siento que mi vida poco a poco se desvanece, que los sentimientos siguen igual de vivos, pero mi corazón no late como antes. Pero no sufras, mi amor, si algún día vuelves, y yo ya no estoy. Sólo sé feliz pues allá donde vayas siempre estaré a tu lado, aunque no me puedas ver. Recuerda sólo los buenos momentos que juntos pasamos y no olvides que nunca dejé de quererte.

Tu amada esposa”

Posó su pluma, volvió a su habitación, se recostó y dejando la carta encima de ella, suspiró y se dejó llevar. Su fiel amigo sintió que algo pasaba y se tumbó junto a ella observando que la mujer no se movía ni respiraba. El viejo animal, aunque sordo y medio ciego, sintió el dolor tanto, que dejó de comer y beber durante los tres siguientes días, en que no se separó del cuerpo de su ama.

Pocos días después, el hombre regresó a casa, feliz de poder volver al lado de su querida esposa. Había sobrevivido a un mal temporal, a un duro naufragio y había pasado unas semanas perdido en alta mar, pero eso no evitó que ni un solo día dejase de pensar en su joven y hermosa mujer. Fue rescatado por unos humildes pescadores, que carecían de papel y pluma para poder notificar a su mujer su vuelta, y éstos se ofrecieron a llevarle a tierra. Así tardó más de un año en volver a su hogar, pese a haber prometido a su mujer que no iban a ser más de cinco meses. Él seguía vivo, y lo que más le importaba en ese momento era que su mujer siguiese esperándole.

Corrió apresurado hacia la casa que tanto añoraba. Al entrar, observó que las luces estaban apagadas, la cocina fría y el polvo asomaba por los muebles. El perro no había salido ladrando a recibirle y pensó que sería por la vejez que sufría. Caminó lentamente al dormitorio susurrando el nombre de su mujer, hasta que la encontró tendida en la cama con una sonrisa en los labios y su cuerpo aún caliente. El hombre se quedó inmóvil mientras la observaba, a la vez que una lágrima se derramaba por su rostro envejecido por el tiempo. La barba ya no era tan suave y delicada como antes, y su rostro mostraba cansancio y más años de los que tenía. La miró, se acercó y la besó en la frente, a la vez que vio una carta que sujetaba con sus bellas manos. La cogió lentamente y, sentado a su lado, comenzó a leerla; no pudo evitar llorar sin cesar.

Pasaron los minutos, las horas, los días… y el hombre, esta vez abrazado al cuerpo sin vida de su esposa, se quedó dormido. No volvió a levantarse de aquella cama, no volvió a comer ni a beber y, pasado el tiempo, murió junto a la mujer que le había dado la vida y al perro que la había cuidado mientras él no estaba.

Comments on this post

No comments.

It is necessary to login to write comment.

Trackbacks and Pingbacks on this post

No trackbacks.

TrackBack URL