Hola, soy Joseba

Por Pablo Cobo Saiz, alumno de SMR 2ºB

La historia de un pequeño niño llamado Joseba

Joseba era feliz con su pelota azul, botaba muy alto y con mucha energía. Un día, Joseba la llevó al colegio, donde todos los niños tenían una pelota roja y se rieron de él porque la suya era azul, aunque las demás no eran capaces de rebotar ni de mostrar la energía que tenía la pelota de Joseba.

Al volver a casa, Joseba le pidió a su mama una pelota roja. “¿Por qué?”– preguntó su madre–. “Si tu pelota azul es tan esplendida, ¿por qué quieres otra?” –Joseba entristecido, le explicó cómo los otros niños se habían reído y burlado de él por su pelota y exigió una pelota nueva, de color rojo–.

Varios días después, la madre de Joseba accedió a las reiteradas súplicas de su hijo y le compró una pelota roja. Joseba ahora estaba feliz, deseaba enseñar su pelota nueva a sus amigos y compañeros. La pelota roja no destacaba en nada, era monótona, no rebotaba demasiado, pero a Joseba no le importaba porque estaba seguro de que a sus amigos les gustaría. Al día siguiente, Joseba llevó al colegio su pelota roja con alegría aparente y se la enseñó a todos sus amigos con orgullo. Para su sorpresa a sus amigos no les gustó. Ellos le enseñaron sus nuevas raquetas de tenis, que brillaban bastante y tenían un dibujo de una pequeña tortuga en las cuerdas. Joseba se puso muy triste ya que otra vez no había sido capaz de contentar a sus amigos.

El tiempo pasa y estas situaciones se repiten: Joseba quiere las cosas nuevas que vio en sus amigos, porque quiere impresionarlos, a la vez que sus amigos no le prestan atención porque Joseba nunca tiene el objeto deseado en el día que procede.

Un día, al ir al colegio, Joseba vio a sus amigos jugar con pelotas azules y entusiasmado porque él podría impresionarlos, volvió a su casa, por la tarde, y empezó a buscar la pelota. Buscó y rebuscó entre todos los nuevos juguetes –a los que ya no prestaba atención–, intentando encontrar aquella pelota azul que en su momento tuvo con tanto orgullo. Esta vez los impresionaría, esta vez sí… Por mala suerte, la pelota azul de Joseba ya no estaba, no importa cuánto la buscase, no la pudo encontrar. “¿Dónde está mi pelota azul?” –Preguntó a su madre con tristeza–. Su madre, cansada de tener que tratar con la montaña de juguetes de Joseba, simplemente le dijo que había tirado la pelota a la basura ya que no jugaba con ella ni le prestaba atención.

Pobre Joseba, que perdió su mejor juguete, aquél más resplandeciente, el que tenía más vida y que más entusiasmo le causaba. Si tan solo hubiera jugado con ella… Recordó los buenos tiempos que pasó jugando, lo mucho que se divirtió viendo cómo botaba tan alto. Ya no le importaba lo que otros niños dijeran, ya no le importaba lo bien que se veían los juguetes nuevos, después de todo había perdido su mejor juguete.

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