El aburrimiento nos humaniza

Al regresar de las vacaciones de verano, pregunté a algunos alumnos qué tal les había ido. Algunos de ellos me comentaron que se habían aburrido, que se les habían hecho largas, y esto me dio qué pensar

En los mismos términos se expresó una amiga mía, madre de una adolescente, blanca 2que se quejaba de la impotencia que sentía al ver a su hija “aburriéndose” y la desazón que sentía por ello.

Parece que aburrirse no está bien visto en nuestros días porque suponemos que la persona en tal situación dispone de mucho tiempo libre y por supuesto, lo pierde “tontamente”. Dicho de otro modo, aburrirse y, peor aún, confesarlo no te coloca en el ranking de los sujetos más ejemplares de nuestra especie. ¡Huir del aburrimiento como de la quema es el sentir popular!

He dado con una frase de Bertrand Russell que encaja como anillo al dedo en este asunto: “Una generación que no soporta el aburrimiento será una generación de escaso valor”, y tengo que decir que coincido con su punto de vista.

Porque ¿acaso el aburrimiento tiene que ser siempre negativo? Seguro que el prolongado en el tiempo nos daña y puede resultar tanto más terrible cuanto más dure, hasta el punto incluso de llegar a arrastrarnos, sin darnos cuenta, a la ansiedad, el aislamiento social o a una depresión; pero ¿qué hay del ocasional, de esa desgana o apatía que a todos nos invade alguna vez? Sí, he dicho “a todos” porque lo admitamos o no, no escapa nadie de él, eso sí, unas personas tienden a experimentarlo más que otras. Como veis, la percepción y valoración del aburrimiento es relativa; depende de uno mismo que ese momento sea un espacio sin sentido o por el contrario, lo dotemos de cierta utilidad. ¿Cuál?

El aburrimiento resulta necesario y liberador porque puede librarnos del agotamiento físico y mental y puede desconectarnos de los deberes y las responsabilidades diarias; además tras un periodo de aburrimiento, nuestro cuerpo nos pedirá de nuevo acción y nosotros podremos responder con energía renovada. También el aburrimiento nos humaniza porque podremos considerarlo esa oportunidad que se nos brinda para dedicarnos a nosotros mismos y conocernos mejor, ese momento de introspección, en el que valoramos nuestro ahora y visualizamosaburrimiento 4 las expectativas de nuestro mañana. Igualmente el aburrimiento nos puede ayudar a imaginar fórmulas en un principio para huir de él, y a posteriori, para cambiar momentos de tedio por otros más atractivos, es decir, una situación inicialmente aburrida puede despertar nuestra creatividad y puede estimular nuestras ganas de romper rutinas, de afrontar nuevos retos y de acariciar sueños.

Sin embargo, pese a estas innegables virtudes, como antes dije, el aburrimiento no es políticamente correcto y seguimos empecinados en desterrarlo de nuestras vidas, y por cierto, hoy más que nunca. ¿Por qué? Actualmente hacemos tantas tareas de forma automática, somos tan activos, tan rápidos, tan productivos… que parece que estemos abocados a seguir uno de estos dos caminos: trabajar sin descanso o divertirnos sin interrupción; todo menos afrontar en soledad el tiempo desnudo, ese tiempo para el pensamiento, para la pausa, para las dudas, para “las horas oscuras” que tanto decía amar Rilke.

La cultura del entretenimiento, con tantos recursos (televisión, publicidad, música, móviles, vídeo-juegos, espectáculos …) que emocionan, fascinan, se “devoran”, multiplican la riqueza (el sector de los video-juegos mueve 47.000 millones de dólares en todo el mundo, si no son más) y divierten, pienso que dirige la forma de gestionar nuestro tiempo libre, pero no debiera arrebatar nuestro “ocio”,  ese tiempo en el que uno necesita pensar para comprender y comprenderse, para ir convirtiéndose en un ser único y diferente de otros, y por cierto, que a menudo llega precedido del “temido” instante de aburrimiento .

Desde aquí, reivindico el derecho de cada cual al aburrimiento eventual sin sentir complejos de culpa ni ser censurados por él, e invito a todos para que lo normalicen en sus vidas, lo disfruten y lo aprovechen.

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