Yo, me, mi, conmigo…

Quizá tenga que ver con el cambio climático… ¿quién sabe?, el hecho es que la sociedad en la que nos ha tocado vivir resulta cada vez más individualista y alejada. Se coopera menos y se ha perdido la necesidad de pertenencia al grupo. Puede ser el momento de que algún experto replantee los conceptos de Maslow.

Recientemente han llegado a mis oídos dos planteamientos que me llevan a pensar quesergio-ibanez-150x135 los individuos estamos perdiendo esa necesidad de sociedad colaborativa, propia de los países de clima frío. Cuanto más austeras son las condiciones de vida, más difícil es la subsistencia y, por tanto, mayor necesidad de apoyos entre miembros del grupo/pueblo/comunidad/país para poder salir adelante.

A las 6:15 elijo las noticias de Antena 3 para “apretarme” un desayuno de media hora con todo lujo de detalles saludables. El reportaje estrella de hoy era un tema conocido por todos, pero que está empezando a resultar preocupante: las compras por Internet. Parece ser que hay establecimientos que comienzan a elevar sus quejas a la Administración (y con razón) por la gran cantidad de supuestos compradores que se aprovechan de su comercio, su tiempo y su paciencia para valorar y probar productos que luego no van a llevarse a casa, simplemente van a elegir el que más se ajusta a sus necesidades para luego ir a casa y realizar la compra por Internet.

Tamaño desprecio y falta de empatía hacia un trabajador del sector del comercio que se esfuerza una y otra vez por cerrar una venta con la que ir salvando diariamente un negocio que abre sus puertas con la sombra espada de Damocles sobre sus cabezas o hacia el empresario que arriesgó todo para gestionarse su autoempleo hace que mi fe en una sociedad colaborativa se venga por los suelos.

Yo no soy comprador por Internet, alguna cosa un poco particular puede llegar a casa de manera aislada, pero soy de los que me gusta probar los tejidos, las hechuras, tocar, combinar, dejarSergio1 que sea el profesional quien me aconseje… y, en la medida de lo posible, ejecuto la compra en mi barrio, en mi ciudad, en mi región. Soy de los que pienso que, para vivir bien yo (me, mi, conmigo…), es necesario que los demás también vivan bien. A corto plazo, seguro que esto representa algún eurillo de más, pero puede suceder que, a largo plazo, todos esos euros de más, que cada ciudadano repercute en hacer de su entorno una sociedad más consolidada, con mayor y mejor calidad de vida y con mayor número de hijos, consigan que quizá se matriculen en el centro donde yo trabajo y también a largo plazo, se cierre el círculo y todos salgamos beneficiados. De lo contrario, el gran centro de negocios, que es Madrid, absorberá el grueso de la economía y los de la periferia nos tendremos que conformar con repartir la miseria.

Salía uno de los propietarios de un comercio especializado de Burgos comentando: “Lo ves venir, cuando entran por la puerta pidiendo probar el 42 y 43 de un modelo concreto…”. Precisamente este comercio es uno de los que ha empezado a cobrar por estos servicios de alto valor añadido: Te aconsejan, pruebas las botas de ski, te las regulan, subes en un simulador de pista, y cuando, después de media hora, decides cuáles son tus botas ideales, pagas 30 € por el servicio en caso de no ejecutar la compra. Parece razonable, la verdad.

El otro planteamiento ilustrado venía de una mesa anexa a la mía en una tarde de terraza: “A mí que me dejen decidir si quiero pagar o no la Seguridad Social”, espetaba el pollo en cuestión. Pero eso da para otro artículo completo.

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