Diario de un peatón

Por Alberto Santos Bregel, alumno de SMR 1º

Rápido como el rayo, yo, un hombre de cierta edad, en un momento iba a por el periódico y…

Desde los seis años de edad llevo sufriendo una enfermedad de las llamadas “raras” –que ni muchos médicos la conocen–, llamada distonía fluctuante. Resulta que es una enfermedad neurológica que consiste en que, cuando tengo un pico alto de nervios, me pongo “tenso”, los nervios me juegan una mala pasada, se me pone la pierna en tensión y pierdo el control, sobre todo, de la parte derecha del cuerpo porque tengo la región izquierda del cerebro afectada. Se me para la vida en un momento, se me pone rígida la pierna, y el brazo, cara, cuello y espalda se me encogen y se me tornan.

Esto pasó una tarde en que hacía bueno, estaba solo y después de la siesta. Yo volvía para casa andando, y de repente, cuando volvía, me venían dando como pequeños desmayos; entonces me caí en una obra.

Cuando me desperté, me puse de los nervios, y en cuanto vi lo que había ocurrido y por qué, me asuste: me despertaron dos señoras en medio de la obra dando palmadas en mi cara, una llamaba a la ambulancia, me decía que respirase; un poco pesada. La otra llamando por teléfono a la ambulancia… y de la que venían, me trataban de tranquilizar, y yo con más miedo que vergüenza. Por si venia un coche y me pasaba por encima de repente llegó la ambulancia y les dejé que me subieran, no sin antes hacer un montón de preguntas: que si sabía dónde estaba, que quién era, que si me iban a coger, que si donde vivía, que me iban a llevar al hospital….

Ya una vez subido a la ambulancia, yo ya no podía casi hablar después de haber contestado a casi todas sus preguntas. Al principio, al intentar subirme, se tropezaron en el borde y casi acabé en el suelo. Una vez dentro, me subieron en la silla – por cierto, con ayuda de la chica, conseguí abrir la cremallera del pantalón del chándal, acerté a coger el teléfono móvil que llevaba en mi bolsillo derecho, pude abrirle sobre mi otra pierna porque con la otra estaba temblando y moviéndome “raro”, de cualquier forma – cuando empiezo a temblar, a veces es bueno encender el móvil, abrir la función de telefonear y poder seleccionar el teléfono de mi madre–. Así que la telefoneé, pero como no podía tan siquiera hablar, les puse con mi madre.

Y madre les explicó un poco cómo iba esto de la distonía que tengo y que como yo digo, es de caballo desbocado porque en un segundo se me planta y ya no hay quien la frene, y luego me puede durar poco, mucho o bastante, incluso puedo llegar a perder saliva. Así pues me llevaron a casa en ambulancia aunque no estaba ni a trescientos metros y mientras, empezaba a recuperar poco a poco: lo primero el tobillo, después la voz y el habla, luego la pierna y el brazo, a continuación la cabeza, y la cara – me ataron por seguridad la espalda y el cuello–.

Y recuperé. Bajó mi padre, le pidieron la tarjeta de la seguridad social y cuando me recupere del todo y descendí de la ambulancia, me dijeron los médicos que si no lo ven, no lo creen.  

Cinco minutos después de que me dé, cuando ya ME VEO ABOCADO a ello, durante y después, sobre todo después porque antes estoy más preocupado por recuperarme, y aunque a veces también influye el ponerme más nervioso, me siento mal conmigo mismo porque me pregunto por qué a mí, no acierto a contestarme y me siento como un perdedor. Y después de tanto tiempo aún me lo sigo preguntando y sintiéndome mal conmigo mismo, aunque con el tiempo lo vas aceptando, pero eso no te lo quita nadie.

Además siento miedo de defraudar a los demás cuando estoy con más gente y me da el ataque. Por eso procuro que la gente no se entere e intento llevar lo que se ve a simple vista con total normalidad. No obstante, evito que la gente me vea atacado de los nervios y como sé que la gente se asusta al verme, mejor trato de esconderme y de evitarlo de todos modos.  

 

 

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