Inocencia y maldad

Por Sofía Vallejo Fernández, alumna de ADIR 1º

“Mejor morir luchando por la libertad que ser preso todos los días de tu vida” (Bob Marley)

El día siguiente, martes, también fue lluvioso. Cuando despertó por la mañana, Sofía Vallejo ADIR1 IMAGENMatilda se asomó a la ventana y se llevó una decepción al ver que llovía a cántaros. Aquélla era la última oportunidad que tenían ella y su amiga Liss para escapar de ese campo.

Pasaron las horas y llegó el momento que habían acordado. Se acercó al tramo de la alambrada donde solían encontrarse para hablar durante horas, Liss estaba allí esperándola con una bolsa que había robado con comida.

De repente se escucharon gritos de un hombre a sus espaldas, con traje y un arma, que cogió a las niñas y se las llevó. Cuando se quiso dar cuenta, su amiga Liss ya no estaba, se la habían llevado a otra sala. Se oían gritos de dolor cerca de donde estaba y pensó que era su amiga Liss, pero ya nunca volvería a verla. Matilda, aterrorizada, intentó correr, pero la cogieron y uno de esos hombres le dio varios golpes en una pierna con esas armas que tenían en las manos. Pocos minutos después la llevaron al centro de ese campo…

Sus piernas le temblaban, apenas podía sostenerse de pie; llevaba prácticamente una hora en aquella eterna fila esperando su turno, avanzaban a un paso muy lento, miraba a un lado y a otro y veía montones de pertenencias… Cuando le llegó su turno, le arrebataron sus gafas y ese trozo de madera con el que se apoyaba por culpa de aquella pierna, de la que llevaba mucho tiempo cojeando.

Una vez despojada de todas sus pertenencias, la desnudaron y la empujaron frente a una sala, de la que apenas podía ver su fondo oscuro por la cantidad de niños, hombres y mujeres que estaban entrando en ella. Se acercó como pudo, arrastrando esa “lastrosa” pierna, como ella la llamaba.

Pasados unos diez minutos, cerraron la puerta y todo rayo de luz desapareció. El calor era más que notable y por su frente caían gotas de sudor. Eran muchas las personas que cabían en esa sala: notaba codos en sus cansados hombros y pequeñas cabezas de los más pequeños en su cintura.

Los minutos pasaban y poco a poco iba notando un ligero mareo. El ambiente olía a miedo, a nerviosismo…. Al mismo tiempo notaba un hedor de toda la gente, acompañado de un gas que parecía confundir cada vez más sus pensamientos. Las piernas empezaban a dolerle más y no era por la ausencia de su “muleta”. Poco a poco notaba cómo la gente de su alrededor se desvanecía en el suelo. En su mente recordaba a su madre y hermano cenando hacía pocos meses en casa o escondidos en un desván. Se preguntaba si su hermano continuaría escondido bajo el subsuelo de aquella casa y si su madre seguiría trabajando de sol a sol.

De repente, la luz se apagó del todo y cerraron la puerta de esa sala. Minutos después cayó al suelo y con ella cayeron todos sus recuerdos, toda una infancia martirizada y un futuro desvanecido porque todos sus sueños morían con ella, todas sus esperanzas… toda la raza judía se desvanecía.

 

 

 

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