71 Días

Por Nayara Sánchez Serna, alumna de SAD 2º

Del 26 de junio al 5 de septiembre, llega el verano en Villarcayo donde veraneo con mi familia 

Crecí en sus calles donde, año tras año, huía 71 días de la ciudad para encontrarme con la mejor versión de mí, más libre, para vivir nuevas aventuras. Esos días significaban un cambio, ese cambio era el pueblo y con él las noches sin hora de vuelta al camping, carreras de bici, mañanas y tardes de río, plaza, cartas y sobre todo, nuevos amigos. Desde bien pequeños, creamos nuevas amistades que tan solo unos días al año se hacen invencibles, creamos cuadrillas donde se prueba el primer chupito de alcohol o la primera calada de un cigarro y… creces a base de experiencias aquellos días donde el pueblo está en fiestas y se vive más de noche que de día.De alguna manera, todos acabamos siendo una pequeña familia. Olvidas todo: la televisión, la cobertura, la batería, y otras tantas cosas que creías que eran imprescindibles para tu día a día.

No todo lo que ocurre allí es bueno, también hay cosas malas, pero eso solo sucede en la temporada de otoño-invierno. Las inundaciones es algo que perjudica mucho al pequeño pueblo de Villarcayo, y cuando esto sucede, todos sus habitantes se convierten en uno: salen a sus calles y luchan haciendo todo lo posible porque esto no vaya a más y se minimicen los daños de los grandes desbordamientos del río, las casas y parques inundados y todo en general. Allí todos son amigos, lo que le suceda a uno le sucede a todos.

Un caso que viví el anterior verano fue que se quemó una panadería: Estábamos al lado del río en una mesa jugando a las cartas cuando de repente, un grupo de amigos, pero no de nuestra misma cuadrilla, venían a todo correr con sus bicis para que echásemos una mano a la gente que estaba en el incendio de la panadería. Nos levantamos a todo correr, no teníamos bici porque era un sábado y normalmente no las cogemos salvo que no hayamos planeado nada. Como nuestra cuadrilla no tenía bici, echamos a correr hasta llegar donde ocurrió el hecho. Allí había multitud de gente y lo que más te sorprende es que todos ayudan.

Los bomberos tenían que venir desde el pueblo de al lado ya que en éste no había, solo hay un centro de salud. El incendio empezó a preocuparnos ya que cada vez iba a más y los bomberos no llegaban. La Guardia civil intentaba controlar la situación, pero no eran suficientes, entonces con los bomberos del pueblo de al lado tenían que acudir también más agentes de la Guardia Civil. Una vez que llegaron los bomberos, comenzaron a combatir el fuego, aunque una parte ya la habían apagado los vecinos del pueblo. Cuando ocurre esto en Villarcayo, el pueblo está en vilo y hay grandes grupos de voluntarios además de toda la gente que nos unimos a ellos.

Cuando finalizan mis días en Villarcayo y regreso con los amigos de la ciudad y familiares, no entienden esa amargura con la que vuelvo en septiembre y que cada canción te recuerde a un momento que sin duda volverías a vivir una y otra vez, quizás el ultimo baile de fiestas, conversaciones para arreglar algo una noche bajo las estrellas, tal vez un beso robado bajo la chopera, que se mezcla oscuramente al lado de un banco de la carretera.

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