Unos clientes no muy fieles

Por Rubén Rolando Ocampos Paradeda, alumno de AyF 1º

Un día atípico en el restaurante de mi abuela, marcado por la llegada de unos tipos extraños

Aún recuerdo el día en el que estaba en la casa de mi abuela, ella tenía un pequeño restaurante se llamaba “0 Hora” (Se llamaba así porque cualquier hora era buena para ir a comer allí). A pesar de tener sólo 12 años, llevaba la cuenta, hacía el inventario y la ayudaba a atender a los clientes. Teníamos un montón de clientes porque susRubén Ocampos Paradeda AYF1 27-02-2019 Unos clientes no muy fieles comidas eran de lo más tradicional, además de que mi abuelita cocinaba muy bien.

Aun viviendo en una de las zonas más peligrosas de Paraguay, el barrio era en cierta forma seguro, los vecinos estaban de lo más unidos y el lugar de encuentro preferido para ellos era el restaurante de mi abuela. Solían venir policías y hasta famosos, pero como casi nunca veíamos la televisión, no nos percatábamos de ello.

Un día hubo más clientes de lo habitual dado que había partido de futbol y lo estábamos televisando. Mi abuela me mandó hacer unos recados al supermercado para reponer unos productos y como tardé mucho en volver, el jefe de policía que casualmente era uno de nuestros clientes más fieles, se ofreció a ayudar llevando comida a las mesas. Llegó la media noche y era hora de cerrar, pero había unos tipos raros al fondo, digo raros porque estaban muy serios y nerviosos (también porque nunca los había visto). Me acerqué a ellos para decirles que ya estábamos cerrando y era hora de irse, pero como no me hacían caso, me di la vuelta. En ese momento, noté que me agarraron el brazo y me apuntaron con una pistola.

Estaba muy asustado como para pensar en algo, ellos me pedían que les diera todo el dinero de la caja, luego recordé que mi abuela acostumbraba a guardar el dinero de la noche en su habitación y eso me aterraba que le hicieran algo a ella. Me dirigí hacia la caja con ellos detrás, no dejaban de apuntarme, tenía miedo de que se les escapara el gatillo y me disparasen. Llegamos a la caja y sentía que me la estaba jugando a todo o nada, rezaba porque mi abuela no hubiese recogido los billetes esa noche, cogí la llave para abrir la caja, pero no podía abrir –del miedo y el temblor que tenía–, y pensé en mi interior: “mejor lo abro ya antes de que mi abuela aparezca y le hagan algo” porque mi abuela es muy cabezota y dudo de que cediese a entregar el dinero.

Abrí la caja lentamente con temor, y por suerte, había unos pocos billetes. Sin embargo, ellos, no contentos con lo poco que había dentro, me golpearon con la culata de la pistola y me exigieron que les diera más. Yo estaba a punto de desmayarme por el miedo, imagínense lo que debe ser para un niño enfrentar esa situación desesperante. Sentía los parpados pesados, pero cuando estaba recomponiéndome del shock, aparece mi abuela con cara de pánico. Verla así fue la gota que colmó el vaso y me desmayé.

Cuando desperté, estaba en el hospital con mi abuela al lado. Me explicó todo lo que pasó: me dijo que poco después de que me desmayase, ella dio todo el dinero, ya que estaban en juego nuestras vidas, y que cuando los ladrones estaban saliendo por la puerta, fueron interceptados por el jefe de policía –éste se había olvidado las llaves en la mesa–. No sé si fue suerte o milagro, pero conseguimos que los ladrones fueran arrestados y recuperamos todo el dinero. Así fue como terminó aquella fatídica noche: yo con una cicatriz, pero feliz al lado de mi abuela sana y salva.

 

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