Mi sueño

Por Iván Varela Sánchez, alumno de SMR 1º

Si tú mismo no crees en ti, entonces nadie más lo hará

¿Alguna vez nos hemos preguntado si nuestra vida es como queremos que sea?, ¿merece la pena luchar por nuestros sueños? Iván Varela Sánchez SMR1 25-02-2019 Mi sueñoAquí os cuento cómo empezó mi relación con el baloncesto.

Tenía apenas 9 años, cuando vi por primera vez un partido de baloncesto en la televisión. Era de la “NBA” y me quedé anonadado con el juego de aquellos jugadores: era increíble ver a esas personas saltar de la manera que saltaban, dar el 110% por cada balón, jugar como si cada vez que tocaban el balón fuera la última vez que lo hicieran… desde aquella vez supe que mi sueño era jugar en aquella liga llamada “NBA”.

Me apunté al equipo de mi antiguo colegio, tenía bastantes amigos en el equipo así que no me importaba llegar nuevo. Al principio, como era de suponer, no sabía ni dar dos botes seguidos, pero si de verdad quieres llegar a ser lo que quieres ser, tienes que dar más del tope al que puedes llegar y hacer que cada partido y cada entrenamiento sea como el último.

En mi paso por 5º y 6º de primaria, no hacía otra cosa que jugar al baloncesto: Entraba a clase a las 9:15, pero yo llegaba media hora antes para jugar con los del equipo. Cuando salíamos a las 12:45, íbamos a entrenar y después nos íbamos a comer. Nada más terminar de comer, me lavaba los dientes y volvía al colegio para seguir jugando antes de entrar a las 15:00. Al salir de clase a las 17:00 iba donde mi madre, le contaba mi día, le dejaba mi mochila y me iba a las canastas del patio del colegio a seguir jugando hasta que llegaba el peor momento: cuando mi madre me mandaba para casa a estudiar. En casa, merendaba, estudiaba y me ponía a jugar en una canasta que tenía pequeña en la puerta de mi cuarto hasta la hora de cenar, y antes de irme a la cama, siempre intentaba meter la canasta más difícil, quizás lo mejor de mi juego era la ilusión que ponía cada vez que tenía el balón en las manos.

Yo creo que lo que me diferenciaba un poco de los demás niños era el empeño, perseverancia y constancia que ponía en todos los partidos solo para cumplir un sueño de un niño inocente, que lo único que le importaba en el mundo era jugar al baloncesto y llegar a ser un jugador profesional.

Hasta que llegó el peor momento de mi pequeña carrera como jugador de baloncesto y quizás el peor momento de mi vida, cuando me lesioné del dedo anular 2 veces seguidas. La primera lesión no fue muy importante, pero la segunda vez se complicó un poco más: estuve bastante tiempo sin jugar al baloncesto, iba a los partidos y me sentaba en el banquillo, no aguantaba estar en el banquillo y no poder salir al campo y hacer lo que de verdad quería –que era jugar a ese deporte que se había convertido en lo más importante para mí en ese momento, después de mi familia–.

Cuando ya pasó todo lo de las lesiones y podía volver a perseguir mi sueño me sucedió otro imprevisto, en mitad de temporada, en un partido contra Las Esclavas: salté a por un rebote, me tocaron y caí mal; me hice daño en la rodilla y resultó que era un esguince. Ya nada volvió a ser lo mismo, mi juego no era el que era antes, notaba ciertos fallos que antes no notaba, dejé de jugar todos los días, sólo jugaba en los entrenamientos… y cada vez veía mi sueño más lejos.

Era cierto que tan solo era un niño y tenía muchos años por delante para conseguir mi sueño, pero no sé lo que se me pasó por la cabeza con apenas 14 años… el caso es que dejé aquel deporte que me había dado tantas alegrías y a la vez tantos momentos malos, pero conseguí luchar y seguir hacia delante.

Hoy sigo arrepintiéndome de aquella elección que hice, pero mi padre me dijo un día: “Si en algún momento no disfrutas jugando al baloncesto, déjalo”, y le hice caso, dejé de lado el baloncesto y me centré en los estudios – aunque tampoco me sirvió de mucho–. No es que haya dejado el baloncesto muy de lado, siempre que tengo un rato me pongo la ropa de deporte, cojo el balón y me voy con algún amigo a entrenar un poco y volver a coger el toque.

Aunque ya no consiga mi sueño de ser un jugador profesional, sé que no he perdido el tiempo, y en vez de hacer cosas malas, he estado haciendo lo que verdad me gusta, que es jugar al baloncesto. “El mayor regalo que tengo en el mundo es el baloncesto, es el único que no me falla

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