Desaparecidos

Por Lucía Olazábal Allica, alumna de GAD 1º

Eran las cinco de la mañana, me levanté al baño, como de costumbre, pero esta vez no era como las demás

No oía los ronquidos de mi padre y los soplidos de mi madre. Supuse que estarían en el salón viendo la televisión, así que bajé para decirles que era tarde y que subieran a la cama. Era extraño, no se oía ninguna televisión, ni a nadie hablar. Me asusté. Fui corriendo a buscar a mi hermano mayor, Sergio, para que me ayudara a buscar a papá y mamá.Lucia Olazábal Allica SAD1 27-2-2019 Desaparecidos No les encontrábamos, llamamos a los abuelos, pero tampoco nos cogían el teléfono. Decidimos volver a la cama hasta que amaneciera un poco.

Ya eran las 8 de la mañana, y mis padres seguían sin aparecer. Sergio y yo salimos a las calles de Santander para ver si les veíamos. Fuimos a sus trabajos, a la tienda donde mi madre suele hacer la compra, al parque…, pero lo extraño no fue que no les encontráramos, lo extraño fue que todas las personas adultas habían desaparecido. Santander estaba lleno de niños correteando por las calles, felices porque no tenían una persona mayor que les mandara hacer la cama, o recoger la mesa. Todas las tiendas estaban abiertas, los lugares como el cine, también, todo era gratis.

Pasadas dos semanas, en Santander se empezó a echar en falta la presencia adulta. Las calles estaban llenas de basura, ya que no había basureros que se encargaran de ellas; las playas estaban llenas de botellas y papeles, las casas llenas de envoltorios de chuches, pieles de frutas, platos sin lavar, la casa sin limpiar… la gente quería que vinieran los padres. ¡Nos estaba comiendo la basura!

Pasado un mes, vino un tren, se bajó un conductor, y nos explicó por qué se habían ido todos los padres de la ciudad. Nos explicó que los niños de hoy en día no saben valorar a los padres y todo lo que hacen por sus hijos, así que decidieron irse un mes para ver qué lograban hacer sin la presencia adulta, y cómo serían sus comportamientos cuando estos volvieran.

Los niños las primeras semanas tras el regreso, ayudaban a sus padres en todo: recogían la mesa, limpiaban su cuarto, hacían sus camas… pero todo acabó pasado el mes; pasados treinta y un días, los niños volvieron a ser como eran antes de que sus padres se fueran, volvieron con la frase: “Voy, mamá, ahora lo hago” o con otra como, “Para qué voy a hacer la cama si me voy a tumbar luego”.

Los padres no sabían qué hacer, no se trataba de irse cada mes, y dejar a los niños solos para que destrozasen la ciudad, ciudad que los barrenderos llevaban 1 mes limpiando, y no conseguían dejarla limpia, cuyos destrozos, ocasionados por los niños, el alcalde llevaba un mes pagando sin acabar de pagarlos todos. En este mes la gente se había dado cuenta de que los niños no eran maduros, no iban a valorar a una persona mayor a no ser que ésta les dejase solos mucho tiempo.

A todos los niños nos habían puesto un castigo; a mí me tocó cuidar a las personas mayores, a mi hermano cuidar a todos los niños entre 0 y 3 años, y así sucesivamente con cada uno de los niños. Este castigo duró un año, un año en el que tenía que madrugar todos los días y acostarme muy tarde, un año en el que supe lo que mis padres hacían todos los días cuando se iban a trabajar, un año sin poder salir con mis amigos.

Así me di cuenta yo, de que los padres valen oro, que sin ellos, la vida se nos complica y de que los padres hacen mucho por nosotros y no nos damos cuenta.

 

 

 

 

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