El niño, la luna y la llamada

Por Claudia García Corcobado, alumna de SAD 2º

Su miedo a lo diferente les hace ser unos seres despreciables, personas que copian lo conocido por su miedo a estar solos

Estoy caminando con mis pies desnudos sobre el frío suelo, a la vez que miro la bella Danvill, convertido en la noche desde hace una hora, en una forma estelar y mágica, con esas nubes moradas que parecen mostrarme su gran belleza delante de una bola Claudia García Corcobado SAD2 5-2-2019 Plantilla El niño, la luna y la llamadaenorme que es blanca como la nieve y como el color de mi pelo, acompañado por las estrellas que parecen luciérnagas. La luz de la ciudad también me parece mágica, a pesar de la crueldad y maldad de esta gente.

Su miedo a lo diferente les hace ser unos seres despreciables, personas que copian lo conocido por su miedo a estar solos. Subo al techo, como siempre, para admirar como yo la llamo, la perla gigante y ver cómo la ciudad se ve de repente como un montón de miniaturas, envueltas en ese momento cada vez más en una niebla oscura. Siento las caricias de la brisa, escucho la relajante melodía del viento, me hace apagar mi amargura y sentir que soy el rey del mundo, a pesar de mis ropas raídas, mi cabello sucio y mi mal olor.

Todas las noches subo aquí para recibir la llamada, llevo subiéndome a este lugar desde la primera vez que subí, y escuché por vez primera su hermosa voz, su cálida voz que hace sentirme seguro, olvidándome de las sombras oscuras de la gente y del hecho de no tener siquiera un mendrugo de pan y algo de agua para beber y lavarme, y también algo de ropa.

La gente cuando me mira hace gestos de asco, como algo que sale de las alcantarillas, como algo que no debería existir, simplemente por el hecho de ser pobre y diferente en el color del pelo, sobre todo por el pelo. Esa minúscula diferencia que a la persona de aquella voz tanto le encantaba –todas las mañanas me decía que mi cabello le recordaba a la rica leche que compraba en el mercado, a la nieve que sale únicamente en invierno–. Recuerdo el sonido de su risa, las veces que me llamaba para que la ayudara y las veces que me llamaba para comer. A pesar de nuestra vida de poca clase, siempre teníamos unas cuantas risas para nosotros, y con ellas, unas cuantas historias. También recuerdo la cantidad de veces que me regañaba por jugar con el perro donde ella trabajaba; donde se escondía un enfado, se ocultaba una sonrisa, también me leía cuentos y me daba un beso de buenas noches.

Estoy de pie, esperando su voz, mientras veo cómo dos pájaros están volando con su cría, ésta lo intenta y sus padres la enseñan. Algunas luciérnagas me hacen compañía, sobrevolando mi cabeza, ellas sí que son mis amigas, se quedan conmigo y me avisan de que cada vez ya falta poco para la llamada. Cierro los ojos durante un momento con ansia, los abro llenos de lágrimas: ellos me la arrebataron, la mataron, lo sé, porque yo lo vi, a mí me dejaron vivir y a ella la mataron, me dejaron sin madre.

Se empieza a escuchar una melodía tan bonita como esa voz, tan bonita que me lleva hasta el corazón y que me hace recordar mi felicidad, aquella felicidad que hacía que se resbalaran de mis ojos gotas transparentes, que a la vez que bajaban por mis pálidas mejillas me hacían cosquillas.

Ya está aquí, ella ya está aquí, me coloco la ropa lo mejor que puedo, luego el pelo, desnudo mis dientes y la veo, veo su bonita cara tenderme su hermosa sonrisa.

–Hola mamá.

 

 

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