Desde los ojos de Rodrigo

Por Marta Olivares Saiz, alumna de ADIR 1º

“Todos nacemos locos. Algunos continúan así siempre”

Eran las 10 de la mañana de un día caluroso de verano, y nuestro protagonista, Rodrigo, estaba a punto de Marta Olivares Saiz ADIR1 05-03-2019 Desde los ojos de Rodrigosalir a la calle a jugar con sus amigos en un pequeño barrio de Cádiz.

Rodrigo es un niño que acaba de cumplir 8 años, y su cabeza ya empieza a dar vueltas a las extrañas actuaciones que llevan a cabo los adultos, o, como él los define : “los adultos son tremendamente estúpidos, mami”.

Rodrigo, junto con su madre y sus abuelos, es habitante de un pequeño barrio de Cádiz llamado “Barrio de Santamaría”. Debido a situaciones pasadas, que ningún niño debería haber vivido con la escasa edad de 6 años, vive con su madre y sus abuelos. Seguramente existan muy pocos niños de segundo de primaria con ese grado de madurez, pero el fallecimiento de su padre hizo que madurara a pasos estrepitosos.

El pequeño, lleva ya un tiempo observando las extrañas hazañas de sus vecinos más allegados, y no se cansa de comentarlas con sus abuelos día tras día, puesto que con ellos pasa la mayoría del tiempo.

Pepe y María, de 35 y 36 años respectivamente, son un matrimonio que vive justo en el piso colindante al de la familia de Rodrigo. Hace 4 años aproximadamente, decidieron casarse. No estaban muy seguros de ello, principalmente por motivos económicos, pero… ¡Cómo no iban a casarse, si el año anterior, Santiago y Lucía lo hicieron en uno de los mejores sitios de Cádiz! Ellos no iban a ser menos. Además… ¡Qué iban a pensar sus familiares si finalmente no se casaban!

Hace escasos minutos, Rodrigo ha vuelto de jugar al pilla pilla con sus amigos. Sube corriendo a dar un beso a sus abuelos, y sus mejillas no pueden estar más rojas. Lleva horas corriendo por las acogedoras calles del “Barrio de Santamaría”. Apenas pasan escasos minutos cuando el pequeño empieza a bombardear a preguntas a su abuela:

–Abuelita, hace tiempo que veo que Pepe y María hacen cosas muy raras.

–¿A qué te refieres, cariño? –dice la abuela con un tono asustadizo.

–Pues no sé, se marchan muy pronto por la mañana y vuelven súper tarde. Por ejemplo, ayer se marcharon de casa a las 8 de la mañana porque coincidieron con mamá en el ascensor y volvieron muy tarde. ¡Fíjate si era tarde que se había acabado el episodio de Bob Esponja!

–¿Y eso qué tiene de raro, Rodri? –dice la abuela con un tono más alentador y mucho más tranquilo.

–Pues que mamá me ha dicho que lo hacen para comprarse muchas cosas caras. Además el otro día vi que se compraron un coche, como el de la película de Cars, y mamá dice que es carísimo. ¡Qué estúpidos son, abuelita! El otro día estuvimos el abuelo y yo en el centro comercial y había el mismo coche. Era súper barato, costaba tres euros o así. Y además, al ser tan pequeñito, te cabe en cualquier sitio, no lo tienes que dejar en la calle todo el día, y encima, lo puedes poner en la balda de tu habitación.

En ese preciso instante, se produjo en la habitación una explosión de carcajadas y alborozos que se oyeron en el mismísimo Castillo de Santa Catalina. La abuela no daba crédito a lo que estaba oyendo, pero, segundos más tarde se paró a pensar: “Quizá el pequeño no esté tan desencaminado”- musitó.

A veces, en la simplicidad y la espontaneidad reside la verdadera felicidad y no hay que darle más vueltas a las cosas. No tenemos que hacer cosas por agradar a otras personas o por sentirnos más prestigiosos. Y efectivamente, Rodrigo estaba en lo cierto, pues no veía lógico sacrificar su tiempo (lo más preciado que tenemos en el mundo) para conseguir un simple objeto material.

Cuando somos niños, nos encontramos embarcados en una continua aventura llena de momentos inolvidables, en la que los problemas duran escasos minutos. Disfrutamos de la vida atardecer a atardecer, risa a risa, golosina a golosina. Disfrutamos hasta el más mínimo detalle y no sabemos nada acerca del poder adquisitivo, de razas, de etiquetas y mucho menos, de lo que significa “el qué dirán”.

Desde muy pequeños, nos han enseñado que los adultos debemos tener “los pies en la Tierra”, y nos coartan los sueños. Consideran “loco” a aquél que decide dejarlo todo, salir de su zona de confort y luchar por ese sueño que tiene desde que se le cayeron los primeros dientes de leche, sin darse cuenta de que los locos son ellos, que se condenan a vivir una vida que nunca han deseado por el qué dirán, un manojo de billetes, y el reconocimiento de una ingente cantidad de personas a las que no les importan ni lo más mínimo.

Como dijo Samuel Beckett: “Todos nacemos locos. Algunos continúan así siempre”. Y tú, que me estás leyendo, si no perteneces a ese segundo grupo… ¿a qué esperas para rescatar a ese niño que llevas dentro?

 

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