Ventanales en la oscuridad

Por Fernando Herrero García, alumno de SMR 1º

Hola, os voy a contar una historia que le pasó una vez a un amigo mío

Os pongo en situación: era invierno de 2007, las 10 de noche, hacía muy malo, de esos días de tormenta en los que no se puede salir de casa. Mi amigo estaba solo, sus padres se habían ido de viaje, y él, que ya tenía 19 años, decidió que se podría quedar enFernando Herrero García SMR1 25-02-2019 Ventanales en la oscuridad casa sin que nada malo pasase. La noche empezaba bien, estaba en el sofá viendo una película sobre un asesino en serie que se dedicaba a matar por placer – que es el tipo de películas que más le gustaban a mi amigo–, hasta que le pasó lo que os voy a contar.

La película estaba a punto de terminar, estaba en la típica calma antes de la tormenta final, ese momento en el que el asesino está a punto de llevar a cabo su plan y llevarse así a la víctima, pero de pronto, un enorme rayo hace que tiemblen todos los ventanales de la casa, y después el relámpago ilumina la casa. Para su asombro, le parece ver una sombra extraña detrás de la cortina, por lo que pone en pausa la película y decide encender luces. Dirigiéndose al interruptor, oye un ruido extraño, como el que hace una persona al respirar; es entonces cuando Alfredo, que es así como se llamaba, empieza a asustarse y algo nervioso llega al interruptor, da la luz, y, aunque se esperaba lo peor, no había nada extraño a su alrededor, estaba su casa, normal y corriente, con todo en su sitio, así que se despreocupa y decide volver y acabar de ver la película.

Apaga las luces y decidido va hacia el sofá. La película termina y efectivamente el asesino mata a la víctima. Alfredo quedó muy satisfecho con la película, tanto que decidió coger el teléfono y llamarme. Es ahí donde entro yo en la historia. Eran ya las diez y media de la noche y estaba viendo la tele después de haber llegado de un largo viaje para así poder relajarme un poco. Me sonó el teléfono y vi que era Alfredo, un gran amigo de la infancia, con el que he compartido cantidad de risas.

Alfredo me comentó que había estado viendo una película muy buena, que a mí me podría gustar ya que la mayor parte de la película se basa en el suspense, aunque también me dice que tiene una parte un tanto sádica, con escenas explícitas, y eso a mí no me gusta, así que le dije que no la vería. Le comenté que me iba a ir a la cama ya que estaba muy cansado después del viaje y colgué.

Es ahora donde empieza la parte realmente interesante de la historia: Alfredo, que no tenía sueño, decide ponerse otra película, la secuela de la que acababa de ver, que la tenía por casa. Empieza la película y todo va bien, pero de pronto, al igual que antes, un tremendo rayo hace que se rompan dos cristales del ventanal más cercano, y empieza a entrar agua que se ve gracias al esplendor del relámpago. Alfredo, al igual que antes, pone en pausa la película y va, esta vez corriendo, a encender la luz. De camino al interruptor, vuelve a oír ese extraño sonido como si alguien muy cercano estuviese respirando, llega al interruptor y para su sorpresa, se han bajado los plomos, así que no se enciende la luz. Entonces, muy nervioso, decide correr hacia el ventanal con una manta que había cogido del sofá e intentar así que el agua no entrase; como es obvio, no funcionó, así que decidió ir, a oscuras, a por una bolsa de plástico. Cuando estaba llegando a la cocina, que era donde guardaba las bolsas que le sobraban, volvió a escuchar el dichoso sonido, esta vez, más cerca y más fuerte.

Alfredo no era precisamente bajo, pero la persona que respiraba debía de medir por lo menos dos metros y medio. Es ahí cuando a mi amigo Alfredo le pareció tocar algo, como un brazo. Asustado gritó y se fue corriendo escaleras abajo. Por culpa de las prisas, se tropezó y se precipitó escaleras abajo, no se hizo demasiado daño, pero sí se llegó a fastidiar el pie, por lo que ya no podía correr.

Es entonces cuando todo empezó a ponerse feo: Alfredo no dejaba de oír el dichoso sonido, pero para colmo, la persona empezaba a hablarle. Alfredo seguía huyendo, tenía que bajar más escaleras ya que su casa tenía 3 pisos, y ahora se encontraba en el segundo, intentaba correr, pero el golpe que se había dado no se lo permitía.

Aún así, llegó al primer piso y por consiguiente a la puerta que le permitiría salir a la calle y así subirse al coche y huir hacia mi casa, pero, para su sorpresa, cuando ya estaba en la calle, el coche había desaparecido así que allí estaba Alfredo, en su casa, a las afueras de un pequeño pueblo, rodeado por un monte de eucaliptos. De pronto, mientras que se preguntaba cómo huir de la zona, escuchó la puerta cerrarse y con ello unos pasos que cada vez se oían más cerca. Alfredo no tenía escapatoria, definitivamente no estaba solo, había otra persona, sabía que algo malo pasaría, lo peor llegó cuando de pronto cayó otro rayo, esta vez muy cerca, y el relámpago, que iluminó todo el cielo, dejó ver el rostro de esa persona que resultó ser el mío.

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