No soy Superwoman

Por Natalia Cámara Costas, alumna de GIAT 1º.  Primer Premio.

¡Qué curioso! Existe una clasificación mundial de los mejores superhéroes de los cómics. Apenas hay mujeres en una lista de ciento diez personajes. El primero es Batman, luego Spiderman, Superman y así hasta la número diez: La Mujer Maravilla. ¿Cómoooo? Hasta el nombre da la risa. Es ciencia ficción, pero desgraciadamente, refleja la realidad de nuestro día a día.

Suena el teléfono: ¡Ring, ring, riiiiiing…!Natalia Cámara Costas - GIAT1 - 11 Certamen Decroly Digital

– “¿Diga?… No, lo siento, se ha confundido. Aquí no hay nadie con ese nombre”.

Mi nombre es…. ¿qué más da?, ¿acaso importa? Tengo cincuenta y tres años. Vivo con mi marido, mis dos hijas y con un perro, que me regalaron por mi cumpleaños hace cuatro años para que no tuviera que sacarle nadie más que yo porque, ¡para eso es mío!

¿Mi vida? Similar a la de muchas mujeres de mi edad: cada mañana me levanto a las 7:15, desayuno y me voy a clase. Sí, no hay ningún error, has leído bien. En septiembre de 2018 decidí apuntarme a un ciclo de grado superior porque quiero tener la oportunidad de poder progresar en mi trabajo y porque, aunque parezca que ya esté pasado de moda, todavía hay gente que quiere aprender cosas nuevas, cosas que ahora me parecen muy interesantes y que, a los dieciocho años, no sentía que mereciera la pena dedicarles un segundo de mi vida.

Perdona un momento, que se me queman las alubias. Ahora vuelvo. (Tres minutos después) Ya está. Me han quedado un poco sosas, pero así son más sanas, ¿no?

También me considero afortunada porque tengo un trabajo que me gusta y por el que recibo un salario digno, aunque trabajo a turnos, incluyendo los fines de semana y festivos cuando me tocan –lo que dificulta la famosa conciliación familiar–. No me importa levantarme a las 5:45 si trabajo de mañana o salir a las 23:30 si trabajo de tarde, pero lo que sí llevo muy mal es el hecho de no ser fija. Pertenecer a una bolsa externa que significa que dentro de unos tres años tendré que examinarme una vez más, compitiendo con gente joven con una mente mucho más fresca y activa, y sobre todo, que dispone de mucho tiempo libre, que es lo que a mí me falta, para estudiar… En fin, a lo mejor tengo suerte y me conceden una plaza fija para entonces.

¡Ha salido el sol! Tiendo la ropa y sigo. Te lo prometo.

(Veinte minutos después). La verdad es que entro a trabajar a las 7:00, pero me levanto con tiempo suficiente para poder restaurar mi cara antes de fichar. Trabajo cara al público y se espera que además de llevar mi uniforme impecable, tenga una presencia al menos respetable. Respetable significa que no aparente que tengo ya 53 añazos, ni que estoy cansada porque he dormido sólo cuatro horas y media y por supuesto, que no se me note que me duele la cadera o que estoy empapada en sudor porque siento estos horribles sofocos de los que ya me habían hablado mi madre y mi abuela y que tanta gracia me hacía a los veinte años, cuando teníamos que abrir la ventana del salón en pleno invierno porque mi madre se moría de un calentón. (jajaja). Y es que diez minutos antes, le he dicho a mi compañero que estoy helada de frío. “¡No hay quién te entienda!”, me ha dicho el pobre Sergio.

Pero también soy feliz porque de vez en cuando tengo tiempo libre. Aprovecho entonces para hacer todo lo que no puedo hacer cuando voy a clase o al trabajo, como puede ser ir a la peluquería o ir a caminar con mi perro. A los dos nos hace falta un poco de ejercicio y, ¡cómo no!, salgo a tomarme un par de calimochos con mi marido y amigos. “¡Uuuufff, no sé cuándo voy a tener un rato para preparar los exámenes que tengo esta semana!”. También trato de encontrar un momento para dar una vuelta con mis hijas, que, ya que estamos “aquí”, me quieren enseñar unos zapatos o una camiseta “guay” que han visto en una tienda que no es nada cara.

¡Vaya!, me acabo de enterar de que ninguna de las dos va a comer en casa hoy. Bueno, toda la comida que estuvimos cocinando hasta las once y media ayer, se la comerán mañana porque no la voy a tirar, ¡está claro!

Son las tres de la tarde. Me voy a tomar un café mientras mando un WhatsApp a mis amigas diciendo que no cuenten conmigo el viernes porque trabajo. Y ya que me siento, voy a llamar a mis padres, como todos los días, para asegurarme de que están bien. Tenemos suerte, los dos son octogenarios, pero totalmente independientes por el momento, así que me despido hasta el sábado, que nos reunimos toda la familia.

Sigo escribiendo estas líneas al mismo tiempo que veo las noticias de las tres. Me llama la atención una noticia de última hora: Unas mujeres musulmanas denuncian el trato vejatorio, humillante y discriminatorio que están sufriendo en una empresa de frutas y verduras de Andalucía. No se les permite ir al aseo más de dos veces en un turno de ocho horas y son obligadas a fichar cada vez que van, de manera que se lo descuentan del salario. Lo peor de todo es, que a ellas sí que les espera una larga jornada de tareas domésticas al llegar a sus hogares y que, debido a la brecha salarial entre hombres y mujeres, van a cobrar un 33% menos que sus compañeros. Después de oír estas cosas, no puedo más que sentirme afortunada.

– “¿Sigue usted ahí?”, “¿me pregunta si soy Superwoman?” “Sí. Todas lo somos. Si no, no podríamos estudiar, trabajar y ser amas de casa, madres, hijas y esposas a la vez”.

 

 

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