La historia de un niño infeliz

Por Alejandro González, alumno de IC1 1º.  Tercer Premio.

Os voy a hablar de un niño llamado Mario, el cual estaba pasando por una situación bastante difícil para un niño de su edad, bueno siendo sincero creo que esa situación es difícil a cualquier edad.

Mario tenía 9 años y vivía con su hermano y sus padres, no muy lejos del centro en una casa pequeña pero acogedora. Se sentía solo, ya que no tenía una buena relación con ellos, para él la solución era pensar que su hermano era el preferido.

A medida que pasaron los años, y Mario se hacía mayor, aumentaron los problemas, sobre todo a raíz de que su madre se puso enferma. Para Mario fue un golpe muy duro, pero como se sentía sólo prefirió callarse y no expresar sus sentimientos. Mario pensaba que no tenía nada en común con su padre, pero se dio cuenta de que los dos habían tomado la salida fácil a la hora de afrontar la enfermedad de la mujer más importante de sus vidas. El padre tomó el camino del alcohol y Mario trató de evadirse fumando un par de petas los cuales se convirtieron en su salida. Ninguno de ellos era consciente del daño que se hacían a ellos mismos y sobre todo a su familia.  

La vida le deparaba otro duro golpe a Mario, con 14 años tuvo que despedirse de sus abuelos, primero de su abuelo y al poco tiempo de su abuela, ella decía que no podía vivir sin él así que prefirió dejar este mundo. Muchas emociones en poco tiempo que no pudo canalizar, nadie nos prepara para despedirnos de las personas que queremos y menos de un abuelo el cual ha sido como un padre. Los abuelos deberían ser eternos.

Y entonces, cuando pensaba que nada podía ir a peor, llegó el día que cambió la vida de Mario por completo. Un punto de inflexión en su vida. Mario había decidido dejar los estudios para cuidar de su madre y, cuando la vida de ella llegó a su fin, una estrella más brillo en el cielo desde ese día.

¿Cómo se afronta la muerte de una madre en la adolescencia? Nadie le respondió a la pregunta. Sin embargo, el que si respondió fue su cuerpo que decidió brindarle ataques de ansiedad, depresiones constantes y problemas que ni siquiera sabía entender ni gestionar.

Así que un amigo decidió “ayudarle”, y sí, lo pongo entre comillas porque lo que el amigo de Mario lo llamó ayuda, Mario descubrió que fue su muerte. Y si hablo de la palabra muerte es porque desde esos acontecimientos Mario no volvió a ser el niño que era.

Podría decirse que los “porros” son buenos, que los fumas y no piensas en nada, pero Mario estaría mintiendo, con el tiempo se dio cuenta que solo le hacían más daño, le consumían lentamente, le comían por dentro, pero ya era tarde para decir basta.

Un buen día Mario conoció a una chica que cambiaría de nuevo su vida.

Dicha chica dio desde el primer momento todo por él, consiguió conocer el Mario que había muerto, se dio cuenta de lo que había dentro del niño, de que era un tesoro sin abrir y en el interior estaba lleno de amor. Pero también, de sufrimiento, de ira y de tristeza. Ella quería conseguir eliminar esos malos sentimientos de ahí.

Aunque juntos intentaban luchar los problemas seguían llegando, a los 17 años a Mario le dejaron de invitar a las navidades en familia, lo cual supuso otro duro golpe para él, pero esta vez no se refugió en los porros, sino que descubrió que había ganado una nueva familia, la de su novia.  

Gracias a esa familia volvió a recuperar la ilusión de un hogar y comenzó a estudiar de nuevo.

Llegó el día en el que se miró le espejo y vio un pequeño reflejo detrás, como algo que daba mucha luz, daba esperanza y fe. Cuando se volteó no podía creer lo que veía: era su madre, que venía a darle un mensaje.

Todo lo que has logrado hasta el momento, no ha sido ni por mí ni por nadie más, únicamente por ti. Estoy orgullosa de que vuelvas a estudiar, de que vuelvas a ser el Mario que yo dejé en este mundo y de que superes las adversidades solo como tú sabes, recuerda que siempre estaré ahí (dijo señalando el corazón de Mario).”

A ese niño que era ya un hombre sin saberlo, se le partió el corazón al escucharla y se le saltó una lágrima. Se la quitó y fue rápidamente a abrazarla, pero al intentarlo se desvaneció.

Al principio no se podía creer lo que había visto, pero recordó las palabras de su madre y decidió pensar en esas palabras cada vez que su vida se fuera a derrumbar, para seguir siendo feliz.

Esa situación le hizo reflexionar, dio el paso de ir a hablar con su padre y se sorprendió, ya que su padre, al igual que él, había superado sus problemas con el alcohol. 

Era un hombre nuevo, llegando al punto de poder estar durante horas y horas hablando y contándose anécdotas, por primera vez sintió que tenía un padre.

Desde ese día, no se dejaron de hablar ni un solo día, se llamaban, quedaban para tomar algo… Por fin tenía lo que siempre le había faltado. Ahora sí que podía decir que era un hombre feliz. Tenía todo por lo que había luchado, una familia. Mario ya podía descansar tranquilo.

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