¿Estoy a salvo?

Por Alexia Camus, alumna de GIAT 1º

¿Estoy a salvo? No, claro que no. No cuando, si abusan de mí, se me juzga por cómo iba vestida o cuánto alcohol había tomado. ¿Cuán injusta puede ser la justicia, para dejar que una chica con pruebas de haber sido violada, siga sufriendo por saber que “ellos” siguen en la calle? Muchos somos los que luchamos por la igualdad que queremos, pero parecen ser más poderosos los pensamientos e ideales opresores. Mucha gente no es consciente del miedo que se pasa, volviendo a casa tarde de madrugada, transitando un callejón en una zona poco transcurrida o por querer estrenar esa falda corta.

Volvía sola a casa, a eso de las 23:30, de una cena con amigas. Era verano, una noche bastante agradable, pero claro, sólo lo fue durante unos minutos.

Al ser la época que era, iba con ropa corta, como todo el mundo cuando hace calor.

Mi mente estaba sumida por completo en la música que escuchaba en ese momento, complementando la genial noche que había tenido. Era un día entresemana, lo que quiere decir que no había mucha gente en la plaza del ayuntamiento.

Mientras caminaba en dirección a mi casa, con una absoluta tranquilidad, me dio por mirar hacia atrás, creyendo que algo se me había caído al suelo. No fue así, aunque lo hubiera preferido.

Un grupo de chicos, quizá cinco, de entre dieciocho y veintitrés años (más o menos) caminaba justo detrás de mí. Sí, así a simple vista parece que meramente compartíamos camino, y me reitero, lo hubiera preferido así.

Aquí entra en escena ese miedo, ese temor que se siente al ser mujer, caminar de noche y no tener compañía. Esa sensación de ser vulnerable ante cualquier persona.

En principio, me asusté, pero no tanto, pues tampoco puedo temer a cualquier persona que se dirige en el mismo sentido que yo. Hasta que, por probar, giré en una esquina por la que no voy nunca, y cuando me volví hacia atrás, ahí estaban.

Empecé a temblar, tratando de colocar las llaves entre mis dedos, ese viejo truco que me había enseñado mi padre por si corría peligro. Pero los nervios me jugaron una mala pasada, y se me escurrían de las manos, era imposible. Así que, sólo me quedaba acelerar el paso. Pero, obviamente, no fue sólo mi idea, pues ellos lo hicieron también.

Cada vez estaban más cerca, era más posible que consiguieran hacer lo que planeaban, pero, ¿qué podía hacer yo? Nada, únicamente que correr y tratar de mantener la compostura. No iba a demostrarles que tenía miedo.

Entonces fue cuando empezaron a hacer esos ruidos, asquerosos, de un completo baboso. Lanzándome besos, diciendo piropos de, como se dice, albañil. Todo esto, mientras intentaban igualar mi paso.

Pero entonces, la ayuda llegó como agua de mayo, inesperada y en el momento exacto.

Alcé la cabeza, con los ojos ya llorosos y a punto de echar a correr y exponerme a lo que pudieran hacerme.

Fue ahí cuando vi a una pareja. De quizá treinta años, poco más. Caminando tranquilamente y charlando entre ellos.

La chica me miró, por pura casualidad, y fue como si hubiera leído mi mente. Pues en cuanto me vio, su rictus cambió y le susurró algo al chico, a lo que él asintió con la cabeza.

No sabía muy bien lo que iba a pasar, pero de repente ella me miró, abrió los ojos y sonrió como si se hubiera alegrado de verme, como si me conociera de toda la vida, y el novio le siguió la corriente.

  • ¡María!– exclamó ella, mientras corría hacia donde yo me encontraba– Dios, cuánto te echaba de menos, ¿qué es de ti? – dijo en alto, dándome después un fuerte abrazo.

Sinceramente, no sé qué hicieron los chicos de atrás en ese momento, pues que justo en ese momento me encontrara con una pareja en que el novio medía 1’90 era algo increíble. Pero era lo que necesitaba, una argucia.

  • Si esos chicos de atrás te están molestando, abrázame y sígueme la corriente. Te llevaremos a casa, confía en mí— susurró ella en mí oído.

Sí, estaba desesperada, y en ese momento me hubiera agarrado de un clavo ardiendo, y eso fue exactamente lo que hice.

Abracé a aquella chica como si alguna vez hubiese sido la más íntima de mis amigas. Y tras ella, fue su novio, y ahí el grupo de atrás se dio por vencido, y tomaron un camino distinto.

Tal y como me dijeron, me acompañaron hasta casa, caminando mientras escuchaban atentamente lo que había pasado. Entonces ellos me contaron que daba la casualidad de que habían venido a la ciudad de vacaciones, ya que ellos eran de la zona de Zaragoza. Y entonces fue cuando, llamémosla Elia, habló. Y me dijo que a ella una vez le pasó algo parecido, pero que ella no tuvo la suerte de que alguien apareciera para ayudarla.

Y entonces me di cuenta de que si no es por una enorme coincidencia, realmente, no estamos tan protegidas como la gente cree que estamos. Somos más vulnerables de lo que parece, pero es difícil verlo hasta que alguien cercano lo sufre.

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