2051

Por Carlos Andrés García Ramírez, alumno de ADIR 1º

Dicen que no tienes memoria alguna durante los primeros años de tu vida, pero yo recuerdo todo perfectamente: había un extraño olor de campo.

Nadie sabía quien era mi padre. En pocas palabras, yo era un bastardo. Se sabía que había sido una noche, Aguamarina habría salido de su hogar, cansada, harta de soportar las espuelas de la vida, por perder aquel evento del 2020. Lo que sí era importante era que Aguamarina había salido esa noche, donde todo lo tenía y donde nada le faltaba, y se había escapado hacia eCarlos Andrès García Ramirez ADIR1 12-02-2021 2051l sur.

Nunca supe como cruzó el estrecho, pero algo la ayudó a hacerlo. Tal era su afán y orgullo que nada la detuvo. Llego al otro lado, y al ser una andaluza en una tierra marrueca, no hubo un solo ojo que no le apartó la mirada. Sus fuerzas ya estaban agotadas, su estómago estaba vacío y su mirada estaba cansada: los esfuerzos por encontrar brazos amables fueron en vano.

Pudo perderse entre la arena, pero tenía las zapatillas llenas de ella, y se movía ya muy despacio. Los bandidos de la noche la aprisionaron y se la llevaron a sus tierras. Nunca les brillaron tanto los ojos de codicia al ver el esbelto y esterilizado cuerpo de mi querida madre, pues sabían que era joven y valiosa en algo que ellos mismos llaman Dirhams. La cuidaron y le dieron de beber, y ella no tuvo más que resignarse. No la querían, no la arropaban. Tenían gestos diferentes, y parecían estar molestos e irritados con ella siempre.

Sucedió en aquella lejana tierra, varias semanas después, a más de 300 km de tierra y mar que la apartaban de su caballeriza, y sin idea de lo que le esperaba, que el frío de la noche se metió poco a poco en su cabeza y le hizo arrepentirse de haberse fugado. Cómo desearía volver. No sólo había perdido la quinta y última gran carrera de su pueblo, había perdido la vida entera. Ya no habría nada más porque esperar el amanecer cada mañana.

Ella no lo sabía, pero no podía estar más equivocada. No hay razón por la cual preocuparse, ella volvería eventualmente, pero no sin encontrarse con un majestuoso ejemplar árabe, lleno de confianza, y elegancia. Fue una sola noche la que se conocieron, y se entregaron el uno al otro. Ni siquiera intercambiaron palabra, pues no era necesario: Los lenguajes del amor no siempre son pronunciados o entonados. Pudo más su corazón, y se entregó esa noche, bajo la luna del desierto, a su pretendiente de oriente.

Por razones que desconozco, los bandidos lograron contactar con investigadores y mi madre se encontraba ya en un barco de regreso al viejo continente. Dejaría atrás la poca arena de su corazón y volvería a enfrentarse a su dueño, en la finca Yierbamate. Al verla volver, y ver su estado avanzado de encinta, su viejo dueño perdió la cabeza. Había gastado todo su dinero con la promesa de recuperar a su reconocida campeona, la cual claramente nunca más volvería a correr para él. No había más.

Yo era tan sólo un bebé. Mi madre, Aguamarina, yacía sobre el césped mientras yo abría los ojos. Dicen que no tienes memoria alguna durante los primeros años de tu vida, pero yo recuerdo todo perfectamente: había un extraño olor de campo.

Y ese olor de campo es lo que me ha llevado a ser lo que soy, desde el primer momento en que vi a mi madre mirarme con ternura. Corrí para ella, corrí para mí. Corrí todas y cada una, gracias a la fortaleza de las razas en mis venas. No importaba que jinete me tomara, yo nunca decepcionaba.

Durante 30 años he sido y siempre seré para muchos, el más grande caballo de carreras que España ha visto. Pero esa primavera que conocí y me despedí de mi madre, supe que siempre sería Noah. Su Noah. Gracias por contarme mi historia mamá, te he extrañado desde el primer momento. Hechaba de menos ese particular y extraño olor de campo.

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