La palabra mágica

Por Noemí López Martínez, alumna de AYF 2º  Primer Premio

Esta historia empieza un domingo de junio de hace dos años, trabajo los fines de semana en un bar y estoy un poco nerviosa porque últimamente trabajamos bastante. Comienza el servicio, no viene toda la gente que esperábamos, pero aun así sigo nerviosa. Empiezo a notar el latido de mi corazón, más rápido, más fuerte. Me falta el aire. ¿Qué me pasa?

Acudo al centro de salud más cercano. Toma de tensión: alta. Electrocardiograma: perfecto, pero vas un poquito rápido. Y entonces el médico te sueNoemí López Martínez AYF2 5-02-2021 La palabra mágicalta la palabra mágica: ANSIEDAD. ¿Qué narices es eso? A partir de ese día solo recuerdo un verano horrible. Llena de nervios. Del sofá a la cama y viceversa. Dolores de cabeza. Palpitaciones. Irritabilidad. Cansancio. Impotencia. Cero ganas de salir a la calle. Tu familia preocupada por ti; no quieren verte así. La gente empieza a opinar sobre tu situación:

 ¿Pero por qué vas a estar tú estresada?
 Tía, tienes que relajarte.

Gracias por nada. Para decir esa mierda mejor ahórratelo. Entonces empiezas a pensar ¿Por qué me está pasando esto? Llevaba todo el curso sin parar, estudiando y trabajando y de repente, cuando se acaba todo y puedo relajarme me pasa esto. Ya está. Es eso seguro. Frenar en seco es lo que no me ha venido bien.

A finales de agosto tengo la última consulta con mi médico. Resultados de la analítica: todo perfecto. Me ofrece cita con un psicólogo y yo me niego, creo que cuando vuelva a clase todo se calmará. Mi madre y yo volvemos en el coche en silencio. Se respira tristeza a pesar de los resultados. Estamos llegando a casa y escucho dibujos animados. Vienen de mi casa, qué raro. Abro la puerta y unos ojos azules enormes se me quedan mirando y corren a abrazarme (Mi sobrina). Y mi corazón sonríe. (Cuánto tiempo llevaba sin hacerlo).

Pasan los días y sigo triste pero ese sentimiento se va disipando poco a poco. Tengo un nuevo despertador. Suena entre las ocho y las ocho y media. Me llama por mi nombre. O al menos lo intenta con su lengua de trapo propia de una niña de casi dos años. Noto un manojo de caracolillos rubios sobre mi cara. Se ha subido a la cama y me trae a sus bebés para que duerman conmigo. Después coge mi mano y tira de ella para que la acompañe al salón. Y yo lo hago sin rechistar y hasta me entra la risa (Otra vez) porque ¡Vaya humos se gasta con los pequeña que es! Empiezo a salir de casa. Los niños necesitan salir a la calle y yo por ella hago lo que sea. Me está gritando desde el columpio y yo me estoy riendo (No me lo creo). Veo a mi pareja y a mi madre cuchicheando. Cómplices. Creo que hablan de mí. Tengo mucha suerte de tenerlos y este verano no me he portado como debería con ellos. Aún no se ha terminado el verano, necesito arreglar esto. La primera quincena de septiembre ya me sentía con fuerzas para hacer planes. Cojo el coche y me llevo a los míos a la feria de las naciones. Lleno de gente. Me agobio un poco, no os voy a engañar. Pero estoy allí, con las personas que han estado a mi lado durante estos meses y quiero aprovechar el día. Y así fue, lo pasamos genial. Pese a tener que apartarnos un poco del mogollón de gente y sentarnos en un banco frente al mar. Sentí paz teniéndolos allí conmigo.

Estamos llegando a mediados de septiembre y pronto empezarán las clases, estoy mejor, más tranquila ¿Por qué? Llegados a este punto os lo imaginaréis: la niña. Me ha devuelto la alegría. Con esto no quiero decir que haya superado la ansiedad, simplemente vive en mí. Algunos días se manifiesta, pero me permite vivir un poquito más cada día. Y es ahora, cuando me he dado cuenta de que la palabra mágica no es la que yo pensaba. La palabra mágica es: AMOR. El amor propio, el amor de tus padres, de tus hermanos, de tu pareja. El amor de una niña que llegó como un huracán para despertarme del bucle en el que estaba sumida. La niña despertador.

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