The train

Por Alejandro Gómez Villa, alumno de ASIR 2º  Tercer Premio

Grandes destinos traen grandes recorridos.

Todo está oscuro… ¿qué es eso que escucho?, ¿un reloj tal vez? Veo una luz…

De repente todo se esclarece, parece que estoy en un tren, pero ¿por qué?, me pregunto. Acabo de salir de un túnel, pero ¿por qué no recuerdo nada? En busca de respuesta, me tiento los bolsillos esperando alguna pista pero tan solo encontré un reloj cuyasAlejandro_Gómez_Villa_ASIR2_12-02-2021_THE_TRAIN manecillas giran en sentido contrario.

Frente a mí, la silueta de una figura se encuentra atravesando la puerta; si alcanzo a aquella persona podre encontrar respuestas.

Puedo ver una puerta… tal vez haya más gente, debo avanzar, con la mano en el cálido pomo me decido a abrir la puerta y para mi sorpresa un vagón lleno de niños pequeños juega frente a mí, ¿qué hacen esos niños y niñas ahí? Sin apenas supervisión, jugando con sus bloques y a las cocinitas. Podría preguntarles si saben algo pero parecen muy concentrados y son muy pequeños para saber que sucede.

De repente uno de los niños me mira, se levanta, se acerca a mí y con una expresión bondadosa extiende su mano mostrando un bloque rojo de construcción lleno de magulladuras y me dice: “Quieres jugar conmigo?”, “Aquel chico que ha pasado ahora no ha querido ayudarme a construir mi castillo”, el niño a punto de llorar me dejó atónito, una expresión tan inocente y aun así tan sincera, me hace sentir nostalgia, tanta nostalgia como la primera vez que hice un amigo, gentilmente tengo que rechazar la oferta del chico pequeño.

Sin poder formular ninguna pregunta no tengo más opción que seguir avanzando ya que puedo distinguir en la distancia la puerta por la que aquella misteriosa entidad ha pasado.

Esta puerta es más pesada y fría que la anterior, ¿qué estará ocurriendo dentro? Una vez dentro no consigo entender la situación. En este vagón hay un grupo de adolescentes quejándose de uno de sus “amigos”. Según he podido escuchar, el chaval les había jodido la merendola de la clase. Cuando pregunté qué había sucedido, me explicaron que su tutor les hace una merendola cuando todos aprueban un examen, y que el supuesto chico era un vago y no había aprobado; en un principio pensé que el chaval tenía la culpa, pero y si el chaval tenía problemas en su vida?,¿y si el supuesto está buscando su aspiración en la vida?.

En ese momento comprendí la frustración de la clase y a su vez que no tenía razón, tras pensarlo les pregunto si ellos habían tratado de preguntarle si se encontraba bien, si le pueden ayudar a mejorar o si mismamente sabían por qué el chico fallaba más allá de no estudiar. Los estudiantes me responden que no, a su vez me doy cuenta de por qué hace tanto frio, el chico culpable probablemente salió despavorido tras ver las miradas de sus compañeros.

Después de darme cuenta de aquella puerta, no dudo en seguir avanzando para perseguir a aquel ente.

La siguiente puerta está más caliente pero aun así algo templada por el viento, atravesandola puedo vislumbrar una gran montaña de ordenadores constituyendo el interior de aquella parte del tren, ordenadores de todo tipo apilados uno encima de otro, sus pantallas transmiten todo tipo de información, en algunos suenan canciones en bucle, guías sobre tecnologías, todo esto resulta frustrante de entender y solo deseo salir de ahí para llegar al siguiente vagón; en la puerta hay una pantalla que da a una de las cámaras de la siguiente parte del tren. En ella puedo ver a aquella persona, esta vez más nítidamente.

Tras darme cuenta de estar tan cerca de esta persona me dirijo rápidamente hacia el siguiente vagón, en el que me encuentro algo que supera a todos los vagones anteriores; en él se encuentra mujeres y hombres trajeados, estos me formulan un dilema: si bien quería trabajar encadenado y ganar mucho dinero o trabajar libremente, pero vivir justamente.

Sus palabras resuenan mi alma, sin pensarlo escojo las cadenas, esta decisión sin sentido tal vez no me deje avanzar por el tren pero siento la necesidad de hacerlo.

Mientras gateaba pude alcanzar lo que parecía ser mi libertad. Aquellos hombres y mujeres trajeados me enseñaron tanto al final incluso cogí cariño a aquellas cadenas blancas y negras.

Tras despedirme de aquellas personas atravieso una puerta con temática hogareña, una puerta de madera con olor a chimenea. Al pasar la puerta puedo distinguir dos sillones, una bandeja de galletas y dos chocolates, uno lleno y otro vacío, según me acerco puedo ver que una chica anciana bellísima se encuentra durmiendo bajo una manta. Esta chica se había dormido antes de tomar el chocolate; sin embargo, el otro chocolate ¿quién se lo abra tomado?.

Sin hacer ruido trato de no despertarla, la cual yace con una lagrima descendiendo por su mejilla.

Me decido a cruzar la puerta más oscura de todas: esta puerta negra solo puede significar dos cosas: o bien el principio o el fin.

Abriendo cuidadosamente la puerta, distingo la cabina del maquinista, sentado en el asiento del conductor se encuentra aquel ente, esa persona de la que tanto desconfío pero que tantas experiencias me ha regalado en este trayecto.

Me acerco y al ver al conductor me quedo atónito.

Esa persona no es ni nada más ni nada menos que yo mismo: una versión más anciana de mí. Estoy sin palabras, sin embargo, aquel yo envejecido no duda en decirme las siguientes palabras:

“¿Fue un buen viaje verdad? Tú y yo nos hemos divertido tanto y hemos conseguido tanto que ha merecido la pena. ¿A que sí? Tuvimos buenos amigos, logramos aquella motivación, aquel trabajo deseado e incluso conseguimos vivir plácidamente el resto nuestra vida y con una mujer esplendida. Espero que se encuentre bien.”

Sin poder decir nada las lágrimas empiezan a brotar, se escucha un silbato lejano y triste. El tren ha llegado a su destino, un amargo pero dulce destino

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