La vida sigue…

Por Carlos Enriquez Hoyos, alumno de GIAT 1º  Segundo Premio

Lo pasado, pasado está, y por mucho que queramos no podemos cambiar las cosas, pero si aprender de ellas.

¿Te acuerdas de cuando eras un niño?

Yo sí, y muchas veces me gustaría volver a mi infancia, sin agobios, sin responsabilidades, con grandes ilusiones y sobre todo con esa inocencia que nos hacía tan felices, pero hasta que la máquina del tiempo no se invente, la vida sigue…

Y no siempre como a uno le gustaría, ya que la vida nos sorprende muchas veces con situaciones que no deseamos, situaciones que son importantes para forjar nuestra personalidad y que nos harán más fuertes, ya que debemos aprender de nuestros errores en vez de lamentarnos y echarnos las manos a la cabeza. Deberíamos mirar hacia adelante y ser capaces de saber cómo actuar ante una situación igual o similar que nos pueda suceder en un futuro; o mejor, como no actuar, ya que como dicen, el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra.

Otra de las cosas que añoramos de cuando éramos niños es la capacidad de divertirnos con aquello que nos llegara a las manos, ya fueran piedras, cajas vacías de galletas, o rollos de papel, sin darle ningún tipo de valor material a las cosas, es más, ya podríamos recibir regalos de gran valor, que si no encontrábamos el modo de entretenernos con ellos, pasaban al baúl de los recuerdos. Simplemente nos conformábamos con esas cosas tan pequeñas con las que conseguíamos hacer cosas tan grandes; en cambio ahora, necesitamos cosas grandes para hacer cosas que ni siquiera llegamos a realizar.

Para que me entendáis: Recuerdo cuando pesqué un pez por primera vez; fue en la playa de Oyambre, cerca de Comillas, y de la cual tengo grandes recuerdos de esos de los que os hablo. Con un palo de madera que la corriente había arrastrado hasta la arena, un aparejo de pesca que le cogí prestado a mi hermano de su caja de pesca y una lapa de las que hay en las rocas, hice una caña, la puse en un pozo que la bajamar había dejado entre las rocas, y esperé un rato. De repente, noté un gran tirón, bueno, grande contando que tendría unos 6 o 7 años. Subí el palo y note una mezcla de nerviosismo y emoción que no podría describir, y fue tan grande que salí corriendo donde mi madre para enseñárselo, pero al llegar, me di cuenta de que me había dejado el palo con el pez tirado en la arena. Entonces volví a por él, es más, lo metí en un cubo con los que hacíamos castillos de arena, y me lo lleve a casa para cocinarlo y comérmelo, y aunque si te digo la verdad, no era el pez más rico del mundo (si hubiera sido ahora, posiblemente estaría en el comedero de mi gato), pero yo me lo comí como si lo fuese, porque fue mi  primer pez.

Ahí veis mis queridos compañeros, como esas son las pequeñas cosas que nos hacen tan felices.

Actualmente vivimos en un mundo en el que lo material, las marcas y el que dirán mueven nuestras vidas. Las empresas con sus publicidades engañosas nos crean (y digo nos crean porque yo me incluyo en ese saco) una serie de necesidades de las cuales nos hacen depender, y nos privan cada vez mas de nuestra preciada y pequeña libertad.

Así que lo más importante en esta vida es no olvidarnos nunca de valorar las cosas buenas que nos han enseñado y que hemos aprendido de nuestro alrededor, porque la vida sigue, y la vida es un camino que todos debemos andar, y si en nuestra mochila llevamos ilusiones y sacrificio y dejamos atrás los complejos y quebraderos de cabeza que nos pesan, quizás algún día volvamos a nuestra infancia y disfrutemos de la vida como cuando éramos niños.

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