Empezar el curso con esta sonrisa

Un profesor no tiene varitas mágicas que le vayan allanando el camino.  Entra en clase provisto de un equipamiento invisible que consiste en una buena dosis de buena voluntad, horas previas de trabajo y preparación, bastante energía positiva, muchas ganas de enseñar… y todo ello lo entrega a sus alumnos incondicionalmente

 

Lo bueno de esta situación es cuando percibe por parte de ellos un gesto amigable, quizá una sonrisa, una palabra amable…  ¡qué poderosas son esas señales, tan capaces de “recargar las pilas”blanca- del profesor!  Como contrapartida ¡qué demoledores resultan los desplantes y la pereza instalada en los  cuerpos y mentes de algunos alumnos, así como su obstinada negativa a crecer y a avanzar!

 

Preciosa labor la del docente y a la vez tan devaluada, cuestionada, criticada y mal entendida por una gran parte de la sociedad en los últimos tiempos. También costosa, por qué no decirlo, pues junto a los errores que indudablemente en ocasiones pueda cometer el profesor, a menudo libra sus batallas en soledad (una soledad “peculiar”:  sus retos, expectativas, empeños, inseguridades, ilusiones, decepciones…  son paradójicamente esa multitud que la habita).

 

Y es que en nuestra profesión nada es constante, nada ofrece garantías permanentemente. Nuestros clientes, los alumnos, no son siempre los mismos y nosotros, sus profesores, tampoco; igualmente las  circunstancias de ellos y las nuestras, también cambian. Y he dicho nada es constante, pero quizá haya una excepción: pase el tiempo que pase, sigue siendo imprescindible la figura del profesor.

 

Porque no nos engañemos: un profesor aprende de sus alumnos cada día, comparte con ellos sus aprendizajes y por encima de todo, ejerce –o debería hacerlo– la labor de guía, ejemplo y cómo no, de apoyo en sus vidas. Quienes no perciben esto, quienes no valoran la enorme responsabilidad y el compromiso contraídos entre un educador y sus alumnos (que va más allá del meramente académico) lamentablemente se han puesto una venda, están muy alejados de las aulas y sin duda, han olvidado lo esencial.

  blanca 2

Recientemente he coincidido con un antiguo alumno de Decroly que cursó Fontanería en la vieja y ya desaparecida Garantía Social. Acaban de contratarle como camarero en una cafetería que frecuento y antes, durante tres años, había estado trabajando en labores de fontanería. Me explicó que desde que salió de Decroly hasta ahora (tiene 24 años actualmente) no había cejado en su empeño de estar ocupado. Comentó que con la crisis había llegado el declive pero que él lo tenía muy claro: había que moverse y seguir.

 

Se le veía contento, optimista y… su trato era amable. Este último detalle quizá para la mayoría de la gente no sea importante, pero para mí sí pues hace años,  hablar con él o con sus compañeros de forma tranquila y relajada habría sido harto difícil. Entonces estos chicos tenían 16/17 años, el festival de hormonas de la adolescencia ya había comenzado y empezaban a vivir –yendo de vuelta de muchas cosas cuando en realidad aún no habían iniciado el camino–. En esas circunstancias, el papel del profesor a menudo es poco entendido (sobre todo si no ejerce de colega siempre enrollado) y lejos de ser considerado el aliado, se convierte en el enemigo.

 

Sin embargo, en el transcurso de nuestra conversación, manifestó que guardaba (de mis compañeros y de mí) un grato recuerdo y, mientras me sonreía, reconoció que había recordado muchas veces cosas que en clase les había dicho a todos. Confesó que como alumnos habían sido (reproduzco literalmente) “unos putos cabrones” y que nosotros, sus profesores, habíamos tenido una inagotable paciencia con ellos.

 

Mientras le escuchaba no podría describir las sensaciones que sentí pero lo intentaré: Ablanca 1 la inmensa felicidad por poder mantener una charla ya no con el niño, sino con el joven con cierto bagaje (me refirió algunas experiencias desagradables sufridas en el trabajo), le siguió una enorme satisfacción porque advertí que los sinsabores que en su día padecí habían sido reconocidos y las incomprensiones de antaño se habían tornado en mensajes con sentido que, según expuso, no había olvidado.

 

Empezar el curso con esta sonrisa me ha dado alas –como el refresco– y me ha recordado que, pese a las críticas y juicios ajenos, hay algo esencial en mi trabajo: mi compromiso con todos y cada uno de mis alumnos.

 

 

 

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