Qué vueltas da la vida

Por Alicia López García, alumna de GIAT 1º

Recuerdo una vez, sentada en el coche con mi madre… Mi madre conduce bien, como una señorita al volante; se mete donde quiere, se enfada con los demás, si se lo propone, te hace frenar en una rotonda y todavía te echa la culpa, te pita cuando no le dejas pasar y se te pega al culo cuando vas lento en la autovía

Aquel día, yo había vuelto a casa de vacaciones (y qué vacaciones), y mi madre aprovechó esos breves minutos en dirección al Carrefour para contarme qué se había encontrado el otro día. “La vida es un tren, cariño. El tren de la vida”. Alicia López García GIAT 1º 01-02-2018 Que vueltas da la vidaYo, con 21 años y sentada en el asiento del copiloto, suspiré e intenté bromear, pero sin quitar importancia a lo que me quería contar: “Surprise me, mummy”.

Comenzó a sonreír y se aclaró la voz. Cuando mi madre empezó a hablarme del tren de la vida, jamás pensé que en su cabeza ya habría imaginado cómo era mi propio tren. Mi tren estaba saturado de gente que entraba y salía continuamente, de gente que olvidaba todo el tiempo su billete y que corría hasta la siguiente parada para recuperarlo, tomar asiento y, nuevamente, formar parte de mi tren. Mi madre me hablaba de personas que yo conocía, sobre todo de amigos y de familiares, y los relacionaba entre sí. Me dijo que desde que me fui de casa, todos ellos habían tenido que bajarse de mi tren y que, a cada retorno por vacaciones, cuando deseaban volverse a subir alegres, tal y como son, siempre se encontraban con un pequeño espacio reservado para ellos, casi al fondo del vagón. Un espacio tan diminuto que apenas podía ser ocupado por los dos pasajeros más importantes de esa “nueva tanda”:mis padres. Yo no conseguía entender qué me quería decir y confieso haberme puesto un poco nerviosa.

Mi madre proseguía. Decía que mi tren iba muy deprisa también y que había paradas que se había saltado, dejando a personas que debían estar y permanecer conmigo, fuera de mi entorno. Y creedme, yo sabía de qué personas se trataba.

Pero es que aún no acababa la cosa ahí. También me habló de la posibilidad de que un pasajero de mi tren olvidase, como casi rutinariamente cada 3 meses (cada vez que volvía de vacaciones), su billete en el asiento y que, a diferencia de otras veces, no tenga el tiempo suficiente para llegar a la otra parada, que su tiempo pudiese agotarse cuando corra desesperado hacia su vagón dejando tras de sí una única huella imborrable en la memoria. Y sí, esas personas a las que me refiero son los abuelos.

Cuando continuó hablando, me di cuenta de todo lo que había sucedido en mi tren en apenas unos años: hubo gente que, efectivamente, no llegó a la siguiente parada, gente que perdió su stop y continuó viajando (como diría yo, dando por saco), gente que entraba feliz en mi tren, otra que salía igual de contenta, gente que ni siquiera sabía por qué estaba en él o por qué no querían bajarse… el caso es que mi tren estaba lleno de gente, y los únicos que habían dejado el ticket y corrían fuera de él, angustiados por tener la posibilidad de volver a entrar, eran los que realmente importaban y no me estaba dando cuenta: mi familia, mis amigos.

Cuando me fui, me transformé y, si me lo permitís, no os lo aconsejo. Me creí grande y lista, creí que no necesitaría mi pasado para comenzar a formar un presente que tenía toda la pinta de ser exitoso. Me olvidé de dónde venía y me olvidé de quienes me esperaban en casa en muchas ocasiones. Me olvidé de los primeros que se montaron en mi tren por primera vez, sin ningún tipo de doble intención.

Cuando embarqué en ese avión con dieciocho años (ya largos) a vivir fuera de España como una vía de escape a esos ridículos problemas a los que yo, por aquel entonces, prestaba tanta atención, no me imaginé en dónde desembocaría mi tren.

Pero en aquel coche con mi madre (que ni mucho menos era un tren), había recuperado lo que yo había perdido, que era mi rumbo (y os juro que en ese momento me di cuenta). Y cuando la gente dice qué vueltas da la vida, yo entendí entonces que el tren, la vida, mi vida, sí que necesitaba una vuelta.

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