La piel

Por Jorge Mateo Rodríguez, alumno de SMR 2ºA

Cuando hay algo más que te dice que estás vivo

17 de julio de 2078. Amanecer esplendido, temperatura 25 grados y humedad 15%. Buen día Marco. El despertador, le despertaba un día más, el sonido de esa voz metálica y la música escogida por él eran lo primero que escuchaba Marco cada día.

Según comenzaba sus tareas de aseo, dijo Marco: –Julia, Facebook. Y otra voz parecida hablaba con él:–Hola Marco, Buenos días. Tienes 65 notificaciones sólo tres importantes: cumpleaños de Yolanda, Felicita a Yolanda con el mensaje… Y así durante un rato, Julia le iba dando la información de las redes sociales y “la vida exterior” mientras Marco se duchaba a 36º y se preparaba para un nuevo día.

Después de un desayuno completo y saludable, medido en calorías, nutrientes y demás, Marco pasa a la cinta de correr. –Julia, ¿qué me toca hoy?–Marco, tu peso es el ideal, con 10 minutos en la cinta tu peso y masa muscular seguirán perfectos.

Ya son las 10:00 de la mañana, la luz del sol entra por la ventana del despacho, hoy Marco tiene un día de trabajo largo, el ultimo video-juego se le está resistiendo, el paso al nivel máximo no es como él quiere; debe conseguirlo hoy si no quiere dejar de cumplir su ratio. Transcurre el día cumpliendo expectativas, con los ojos y el alma puestos en la pantalla del ordenador y un entorno que le ayuda al confort que en estos años Marco se ha construido para trabajar y rendir como él necesita. Él, Julia, sus vídeo juegos… todo tiene la armonía perfecta, todo está en su sitio; Marco se va a la cama con una sonrisa, es Feliz. – Buenas noches, Julia, ¡apaga las luces y en 30 minutos, la televisión! – Buenas noches, Marco.

18 de julio de 2078… Los Buenos días de Marco se repiten un día más, con el mismo tono y entusiasmo. Hoy Marco no dio el botón de ventilación automática; abrió la ventana, se respiraba un aire puro y limpio, se asomó a la calle y sin querer, se le cayó el reloj. – Julia, ¿lo ves? – No.

Estaba en la calle, Julia no le podía ayudar, pero escuchó una voz que le decía: –¿Es suyo? Marco notó algo extraño… pero le gustaba. –¿Hace cuánto que no salía a la calle, que no hablaba con alguien que no fuera Julia? Es precioso, creo que funciona todavía –dijo la chica –. –Sí, es de alta seguridad, bla,bla,bla… Se escuchó diciendo prestaciones del reloj como si se lo fuera a vender y se calló. ¿Qué hacía?, ¿se le había olvidado ser cordial y amable?

Algo le cautivó en la sonrisa de esa chica y en el entorno, en el fresquito que notaba en su piel; algo que no le dejaba moverse del sitio y le animaba a seguir hablando con ella.Continuaron intercambiando esas conversaciones que no dicen nada, pero que te hacen conectar, tomaron un café y… Marco olvidó su desayuno perfecto, sus comunicaciones sin comunicación, sus paseos sin pasear, sus contactos sin piel. Esa hora con Ana fue estupenda. Pero no fue sólo eso: Marco quizá este día despertó y además abrió los ojos.

De vuelta a casa se miró al espejo y comprobó que su sonrisa tenía la misma forma, pero era otra; no era la sonrisa de «Felicidad» de anoche y de todas las noches, era una sonrisa de «Esto sí». Reanudó su trabajo, pero a partir de ese momento había recordado qué era vivir con piel, comunicarse, rozarse, pisar el césped, tener sensaciones… Al otro Marco, ahora más alejado de sí mismo, sólo se le ocurrió hacer una cosa: – ¡Adiós Julia, Gracias por todo!

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