Esquizofrenia

Por Mario Pérez Rodríguez, alumno de SMR 1º

Ni los monstruos son tan monstruos ni los héroes son tan héroes

Me escondí de ese monstruo en un lugar que pensé que no me encontraría. Por aquel entonces, pensaba que las sabanas eran algo mágico y que me protegerían incluso del peor de los males; noté cómo la puerta de mi habitación se abría lentamente y lasMario Pérez Rodríguez SMR1 25-02-2019 _Esquizofrenia_ enormes garras del monstruo empezaban a arrastrarse por el suelo. Estaba olfateando mi rastro ya que notaba su enorme respiración y la madera del suelo chirriando donde seguramente se había quedado la huella de mi pie descalzo.

Desde dentro de mis sabanas vi la enorme figura del monstruo alzándose con sus ojos de color sangre –brillantes como un faro alumbrando el mar a medianoche–, vi cómo su garra empezaba también a alzarse para atacarme. Acto seguido me dispuse a salir muy rápido de la cama y noté cómo el monstruo me desgarró parte de la camiseta en la zona del hombro.

Mientras bajaba las escaleras para dirigirme a la cocina y poder agarrar un cuchillo con el que poder defenderme, aunque solo fuera un intento, pues el monstruo era algo sobrenatural – tal era su magnitud, que escapaba a la compresión de mi cerebro, que no creía en la existencia de unas fuerzas del bien y el mal–, agarré el cuchillo más grande que encontré y lo blandí de manera errónea, como una pica de los tercios.

Cuando me giré, pude observar con horror la enorme figura del monstruo parada en la puerta; la oscuridad no me dejaba ver con claridad su cara, sólo podía ver los ojos rojizos que describí antes, aunque no mencioné que éstos lloraban sangre y ésta goteaba en el suelo haciendo un sonido muy débil. El monstruo empezó lentamente a acercarse a mí y alzar sus garras, como si disfrutara de ver lentamente cómo su víctima se mostraba cada vez más horrorizada según veía más su esbelta figura.

Le tuve enfrente de mí y vi que su mandíbula estaba desencajada. Me atacó, pero conseguí clavarle el cuchillo, y al notarlo ensartado, lo volví a sacar para producir la hemorragia que tan ansioso esperaba para poder debilitarlo. Él empezó a gritar de dolor y corrió desesperadamente al salón, donde asomándome desde la puerta de la cocina, vi cómo cayó al suelo muriendo lentamente.

Al acercarme, vi cómo se formaba un charco enorme de sangre en la alfombra. Comprobé que no fingía su muerte y dándole un golpecito con el pie, noté que ya estaba rígido totalmente.

Acto seguido, entró mi padre por la puerta y horrorizado, vio la escena echándose las manos a la cabeza y gritándome “¿Qué has hecho?”. Yo sin entender por qué mi padre se puso así, volví a mirar al monstruo para señalarlo y decir que había matado al ser que me atormentaba. Dejé caer el cuchillo, que seguía blandiendo con la mano, cuando observé con ojos llorosos que ese ser, se convertía en mi querida madre.

Y sí, la camiseta no estaba rota donde note el enorme zarpazo del monstruo, pero sé que él existe porque os escribo desde el hospital donde me encerraron después de ese suceso. Y le oigo muchas noches susurrar mi nombre mientras suelta una risa escalofriante, le veo escalar las paredes y rascarlas con sus enormes garras afiladas, pero os preguntaréis: “¿Si sabes que estás encerrado por tener esquizofrenia, por qué no te limitas a pensar que no existe”? Os responderé con total sinceridad: el otro día entró mi doctor y me preguntó: ¿Por qué siempre hay marcas de uña en las paredes, Tom?

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