Fiel compañero

Por Nora Moratinos Suarez, alumna de SAD 2º  Tercer Premio

Cuatro de la tarde llega el momento más esperado del día, me monto en el coche para ese trayecto de doce minutos tan habitual en mi vida. 

Llego a la hípica, cojo la bolsa llena de zanahorias y me dirijo a la puerta; entro a ese largo pasillo lleno de caballos y de repente, le oigo relinchar; se dibuja una gran sonrisa en mi cara al ver a ese poni de manchas blancas y marrones lleno de energía dándome la bienvenida, esperando su mordisco de la zanahoria como cada día. Cada vez lo veo más bonito y perfecto con sus manchas perfectamente colocadas en su cuerpo, su gran cola blanca y negra y su sedoso flequillo negro.  Solo pienso cómo un animal de 300 kilos puede dar tanta felicidad, cómo ese perfecto pero a la vez tan imperfecto equino puede hacerme sentir estar en casa, solo estando a su lado cada momento es tan maravillosos y único que no sabría ni cómo explicar la sensación que tengo. 

Sus magníficos movimientos expresando sus pensamientos, cada pequeño detalle tan minúsculo pero tan importante intentando expresar algo con un mínimo movimiento de cabeza, ver cómo ese animal que puede quitarte la vida en un misero momento te da la mayor confianza que hay… 

Todavía me acuerdo de ese fin de semana de febrero de 2017 en el que fui a Zaragoza a verte, el viaje se me hizo eterno, tenía ganas de llegar; cuando llegamos, tú estabas en una hípica enorme, me quedé impresionada. Al rato, después de prepararte, me subí en ti, sentí esa conexión desde el primer momento, ese rato que estuvimos en la cuadra juntos y dimos ese pequeño paseo me sentí segura, hacía mucho tiempo que no me sentía así. Cuando salimos solo dije a mi padre. 

-Papa es él, nos lo tenemos que llevar. 

A las dos semanas, estabas de camino a casa. Fue un día de nervios, tenías muchas horas de viaje y yo tenía miedo de que pasara algo, pero por fin ya estabas aquí; cuando bajaste del camión, parecías muy nervioso, todo era nuevo para ti, pero seguidamente te pusiste a pastar del primer hueco de prado que encontraste. ¡Fue de los días más felices de mi vida! 

Poco a poco nos fuimos conociendo. Fue muy difícil, hubo momentos en los que pensé rendirme: cada vez que teníamos una clase, todo salía mal estaba cansada de caerme y decepcionarme, pensé que ya no eras para mí, pero aun así, me seguía encantando pasar esos pequeños ratos contigo. Con el tiempo y mucho trabajo, hemos llegado adonde estamos gracias a tu lealtad y tu corazón. Solo tengo palabras buenas para ti, nuestra etapa deportiva juntos ya está llegando a su fin. los dos hemos ido creciendo y avanzando juntos estos cinco años, gracias a ti he aprendido muchas cosas y me he dado cuenta de otras, solo espero darte la vida que te mereces, gracias por haber sido mi compañero de guerras y mi apoyo emocional cuando lo he necesitado. Espero, Sioux, seguir estando a tu lado muchos años más y darte la vida que te mereces, solo puedo decirte gracias pequeño. 

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