Pesadillas que sanan

Por Lucía Fernández Muguruza , alumna deSAD 2º  Segundo Premio

A veces las pesadillas son capaces de sacarte del agujero más oscuro. 

Entro al pequeño cuarto y me invade una sensación de familiaridad. Inspiro hondo. Huele a aceite de coco con suavizante, a colonia de las princesas Disney. Huele a recuerdos que duelen. Me adentro un poco más hasta llegar a la cama que hay junto a la ventana. Es pequeña, está llena de peluches y en el cabecero hay un dibujo pegado con celo. En el dibujo hay una niña agarrada de22 Lucía Fernandez la mano de dos personas que parecen ser sus padres, a la izquierda del papel, hay pintado un prado que me resulta conocido, pero no sé muy bien en donde lo he visto. Miro a mí alrededor, me fijo en una pared que me llama mucho la atención. Está llena de dibujos parecidos al de antes. Voy a acercarme para verlos mejor, pero de repente oigo gritos, y en menos de cinco segundos veo abrirse la puerta. Me quedo paralizada al ver a esa niña. Va vestida con un babi azul lleno de pintura, unos leotardos azules marino y unos botines beige. Tiene el pelo recogido en dos moños. Sus mejillas están sonrosadas, los labios apretados en una fina línea. Tiene los ojos vidriosos. Está llorando, llora tanto… La niña me mira, provocando que se me revuelva más él estómago. ¿Por qué siento que la conozco? ¿por qué todo esto me resulta tan familiar? ¡Estoy muy confusa! no logro entender qué es lo que pasa. Siento cómo se acerca y me acuna la cara en sus pequeñas manos. Un escalofrío me recorre todo el cuerpo, a pesar del calor que emana de sus manos. ¿En qué momento me flojearon tanto las piernas que ni me he dado cuenta de que estoy de rodillas? 

– ¿Ya no me recuerdas?,¿no sabes quién soy? – sonríe de medio lado mientras yo niego con la cabeza. 

Se acerca más a mi y susurra- Soy tú- 

El cuerpo empieza a temblarme. Las lágrimas brotan de mis ojos. Comienza a faltarme el aire y a dolerme el pecho. ¡Otra vez no, por favor!, si ella es yo, ya sé lo que va a pasar ahora. No estoy preparada para esto, no aún. Me levanto, tengo que salir de aquí en cuanto antes. Noto cómo la mano de la niña se aferra a mi muñeca. 

– ¿Vas a dejar que nos haga daño de nuevo? – veo cómo las pequeñas gotas saladas que brotan de sus ojos recorren sus mejillas. 

No quiero dejarla ahí, pero ¿qué otra opción me queda? Si él me ve aquí, me volverá a destrozar el alma. 

-Por favor, no dejes que papá se vaya-  

De repente miles de recuerdos pasan por mis ojos al oírla decir eso. Aunque hay uno, uno que simplemente me destruye: Ver la imagen de aquella noche, sus maletas estaban en la puerta y él dormía en el sofá. Ese día supe que no podía hacer nada, pero recuerdo perfectamente cómo sentía mi corazón romperse, cuanto lloraba, como le suplicaba que no se fuera. En cambio, él tenía una expresión neutra, ni siquiera miró hacia atrás cuando se iba. Después de esa noche siempre tuve pesadillas. No puedo dejar que ella pase por esto. No se lo merece; no nos lo merecemos.  

Me suelto de ella y cuando voy a limpiarle las lágrimas, se encoge como si fuera a pegarla. No recuerdo que los golpes empezaran tan pronto. ¿Cuántos años tenía? Apenas aparenta tener tres o cuatro. 

-Tranquila, no voy a hacerte daño- se la ve tan desubicada como yo- ¿Te ha hecho daño alguien? – no dice nada, solo mira al suelo. Sé que intenta encubrirlo porque a pesar del daño lo sigue queriendo. 

– ¿Me vas a ayudar a que papá no se vaya? – 

Quiero ayudarla, por supuesto que quiero. Pero no puedo dejar que en un futuro se convierta en lo que soy yo ahora. 

-Mira, pequeña, sé que esto va a ser difícil, sé que lo amas mucho, pero esto es lo mejor para ti. Ahora no lo vas a ver porque eres una niña aún y te quedan muchas cosas por descubrir. Papá es un hombre malo, te ha hecho mucho daño. 

-Yo le perdono. Se que él me quiere. – solloza.  

Esto me parte el alma, es la peor sensación que he tenido nunca. Tengo que explicarme que el que papa se vaya es lo mejor que puede pasar, aunque mi yo adolescente anhela que vuelva. 

-No, él no te quiere. Solo se quiere a sí mismo. Lo que te da no es amor. ¿Tú crees que los golpes y los gritos son amor? – ella niega suavemente con la cabeza. – Él no nos quiere porque nunca nos ha cuidado como debía, nunca dio nada por nosotras. Él te va a abandonar, es un cobarde e irresponsable que no sabe cuidar ni de sí mismo. 

No estoy segura de que haya entendido bien lo que la quiero decir, no tiene casi consciencia de lo malo que llega a ser ese hombre. Sé que la destrozará si permito que lo eche tanto de menos como lo hago yo, si se empeña en que no se marche solo hará que se odie a sí misma por no ser capaz de mantenerle a su lado. Ahora es cuando me doy cuenta del todo el daño que me he provocado por este amor que él no mecerá nunca, me doy cuenta de todo el tiempo que he perdido dándole vueltas a qué pude haber hecho mal cuando el único problema era él. 

-Lo siento pequeña, lo siento muchísimo- ella me mira confusa- vas a ver que todo va a estar bien sin él porque eres una niña muy fuerte. Además, pronto conocerás a gente que te ama mucho, no vas a estar sola nunca más y vas a dejar que te ayuden a curar ese dolor de tu corazón. 

– ¿Me lo prometes? – levanta el meñique en señal de promesa. 

– Prometido- agarro su meñique con el mío. 

-Gracias. 

– ¿Gracias? ¿por qué? –  

-Por perdonarte por fin. – Tiene una pequeña sonrisa dibujada en el rostro. Damos un beso a nuestras manos cerrando la promesa. 

Suena el despertador y por primera vez en mucho tiempo, me levanto con el corazón latiendo acompasadamente.  

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